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Opinión

Madrid no necesita vestirse como una película de Woody Allen

La elegancia del vestuario puede enriquecer el cine, pero no debe convertirse en una exigencia para la ciudad que lo inspira. La ropa cómoda no hace menos digna de una película a la vida cotidiana.

eldiarioLIBERAL

Publicado: · Contenido generado con IA

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Escena realista de una calle del centro de Madrid al atardecer, con luz violeta sobre las fachadas y peatones no reconocibles de espaldas, unos con ropa deportiva y otros con prendas más formales, sin cámaras ni elementos de rodaje.
Imagen ilustrativa generada con IA. No es una fotografía documental del hecho.

Madrid no necesita parecerse a los personajes de Woody Allen para merecer su mirada cinematográfica. La imagen del director caminando con ropa cómoda por la calle Barquillo permite plantear una cuestión más interesante que la pérdida de elegancia: si esperamos que el cine descubra la ciudad que existe o que encuentre intacta aquella que aprendimos a desear en la pantalla.

En Annie Hall, Manhattan o Hannah y sus hermanas, el vestuario forma parte de la narración. Los pantalones del Frederick interpretado por Max von Sydow contribuyen a construir un personaje. Pero esa capacidad expresiva pertenece a una elección artística: no demuestra que quienes pasean fuera del encuadre deban adoptar el mismo código para estar a la altura del paisaje.

La reivindicación de una ropa intermedia entre el trabajo y el gimnasio tiene un atractivo comprensible. Vestirse puede ser una manera de distinguir ocasiones, de prestar atención a los demás y de disfrutar del espacio público. El salto discutible consiste en convertir esa preferencia en un diagnóstico sobre la calidad de la vida urbana.

Un pantalón deportivo no permite saber qué relación mantiene su dueño con la ciudad. Tampoco la comodidad del cineasta basta para anticipar el valor de una película. Juzgar su mirada por su indumentaria confunde al creador con uno de sus personajes y exige al primero la continuidad estética que puede pedirse a los segundos.

La luz madrileña, ese atardecer que algunas tardes se vuelve violeta, ofrece otro punto de partida. Su interés cinematográfico no depende de que los transeúntes combinen con ella. Precisamente la distancia entre un paisaje hermoso y una apariencia cotidiana puede proporcionar una tensión visual, en lugar de arruinarla.

La nostalgia es fértil cuando ayuda a mirar; resulta restrictiva cuando decide de antemano qué merece ser visto. Podemos preferir una ciudad más arreglada sin reclamar que sus habitantes funcionen como figurantes de nuestro gusto. A una película sobre Madrid habría que pedirle una mirada, no que impusiera un vestuario.

Fuente: elmundo.es · leer el original

Cómo se elaboró esta pieza

Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Este artículo es una pieza de opinión.

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