El reto de Flanagan es que los clásicos del terror no acaben hablando igual
Sus versiones de Shirley Jackson, Henry James y Edgar Allan Poe defienden la libertad de transformar una obra. Esa firma reconocible también plantea una exigencia: conservar lo que distingue a cada autor.
El mayor desafío de Mike Flanagan al adaptar a los clásicos no es ser fiel a sus argumentos, sino evitar que todos terminen expresando una misma sensibilidad. Tener un lenguaje propio es una virtud del cineasta; convertirlo en la única interpretación posible de libros distintos sería una pérdida. Sus series permiten examinar esa frontera entre la apropiación creativa y la uniformidad.
La maldición de Hill House ofrece un argumento sólido a favor de la transformación. Flanagan toma la casa encantada de Shirley Jackson y sitúa en el centro la persistencia del trauma infantil durante la vida adulta. Los fantasmas escondidos en los encuadres conectan la amenaza sobrenatural con el duelo. La adaptación no se limita a trasladar una historia: encuentra una forma visual de desarrollar su lectura.
En La maldición de Bly Manor, Otra vuelta de tuerca funciona como punto de partida para incorporar otros relatos de Henry James. La caída de la casa Usher aplica una operación semejante a Edgar Allan Poe: reúne cuentos y poemas en una sátira sobre la avaricia de una familia multimillonaria. Son decisiones que reivindican al adaptador como autor, no como encargado de ilustrar páginas.
Pero esa libertad también cambia el criterio con el que conviene juzgar el resultado. No basta con reconocer referencias literarias ni con comprobar que una serie emociona. Importa que la combinación produzca un sentido propio sin borrar las diferencias entre sus materiales. La tragedia familiar, el relato de fantasmas y la sátira de la riqueza no necesitan desembocar en una explicación idéntica del sufrimiento.
Los monólogos reflexivos y la atención a los personajes constituyen una firma reconocible de Flanagan. Su colaboración recurrente con intérpretes como Kate Siegel, Carla Gugino o Henry Thomas refuerza esa continuidad. La ventaja es una identidad artística sostenida; el riesgo, que la familiaridad del tono se imponga a las particularidades de cada obra.
Por eso, el elogio más exigente no consiste en coronarlo como heredero de un escritor. Consiste en reconocer su capacidad para transformar la literatura y reclamar que esa transformación siga abierta a registros diferentes. Una buena adaptación puede apartarse del argumento original; lo que no debería hacer es volver intercambiables a sus autores.
Fuente: abc.es · leer el original
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