A Puente hay que exigirle gestión, no solemnidad televisiva
La participación del ministro en una parodia sobre averías admite una crítica política, pero ni la simpatía demuestra competencia ni una broma acredita negligencia. El control del poder exige un criterio más sólido.
A Óscar Puente hay que juzgarlo por su gestión de Transportes, no por su capacidad para mantener un gesto solemne ante una cámara. Convertir una intervención humorística en prueba de incompetencia debilita la exigencia de responsabilidades: sustituye el examen de las decisiones por una disputa sobre modales.
En un sketch de Cara al show, de La Sexta, el ministro entra en un ascensor que simula averiarse. La escena incorpora una broma suya sobre Renfe, una interrupción atribuida a una bajada de tensión y un baile final. Puente difundió el vídeo en sus redes. No fue, por tanto, una imagen incidental, sino una participación en un formato de entretenimiento que él mismo contribuyó a promocionar.
La elección merece discusión porque el responsable de un servicio público utiliza sus problemas como material cómico. Ese recurso puede humanizar al cargo, pero también puede transmitir a los usuarios que las incidencias se han convertido en un rasgo inevitable del paisaje. La cercanía pierde valor cuando parece pedir resignación.
Eso no convierte el humor en una falta administrativa ni permite deducir de un baile cómo se mantiene una infraestructura. Un ministro puede participar en un programa de entretenimiento y cumplir sus obligaciones. También puede exhibir gravedad permanente y gestionar mal. El tono no es una garantía en ninguna dirección.
La exigencia liberal debe situarse en otro terreno: decisiones explicables, responsabilidades delimitadas y resultados sometidos a escrutinio. Los viajeros necesitan un servicio fiable; los contribuyentes, razones para evaluar el uso de los recursos públicos. Ninguna de esas necesidades queda atendida por la popularidad televisiva, pero tampoco por la indignación ante una coreografía.
La comunicación política resulta más cómoda que ese examen porque ofrece una impresión inmediata. El público puede encontrar al ministro simpático o inoportuno sin saber más sobre su desempeño. Si la discusión termina ahí, tanto la promoción como la censura del espectáculo desplazan la cuestión sustantiva.
La respuesta no debería ser prohibir las bromas a los gobernantes, sino negarles valor como certificado de gestión. Puente no debe solemnidad constante: debe rendición de cuentas. Ese es el criterio que permite exigirle más sin confundir la fiscalización con un juicio de gustos.
Fuente: elmundo.es · leer el original
Cómo se elaboró esta pieza
Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Este artículo es una pieza de opinión.
Nuestro métodoComentarios (0)
Cargando comentarios…
