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Opinión

La Cumbre Iberoamericana puede abrirse a EEUU sin delegar su proyecto

La participación estadounidense como observador merece ser considerada, pero no resolvería por sí sola la utilidad del foro. Cooperar con una potencia y confiarle la orientación de una comunidad son decisiones distintas.

eldiarioLIBERAL

Publicado: · Contenido generado con IA

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Fotografía editorial ilustrativa, no documental, de una mesa de trabajo diplomático sin personas, vista en tres cuartos, con carpetas abiertas, un mapa del continente americano y pequeños soportes con banderas de España, Portugal y Estados Unidos; luz natural lateral y objetos nítidos, sin logotipos ni textos inventados.
Imagen ilustrativa generada con IA. No es una fotografía documental del hecho.

La Cumbre Iberoamericana debería contemplar una apertura a Estados Unidos sin convertir su presencia en condición de éxito. Una comunidad con vínculos culturales propios puede relacionarse con actores externos sin diluirse en ellos. El interés de una invitación debe juzgarse por lo que permita hacer, no por el prestigio que supuestamente transfiera a los anfitriones.

Estados Unidos no figura entre los 12 Estados Observadores Asociados de la Conferencia Iberoamericana. Sí aparecen Alemania, Francia, Japón, Corea y Marruecos, entre otros. Esa composición muestra que la participación como observador no está reservada a países de lengua española o portuguesa. Por tanto, estudiar una fórmula de colaboración estadounidense no exigiría renunciar al carácter iberoamericano del foro.

La XXX Cumbre, convocada en Madrid los días 4 y 5 de noviembre de 2026, tiene al Rey como anfitrión y su sesión plenaria en la Galería de las Colecciones Reales. Su celebración ofrece una ocasión para distinguir dos cuestiones que conviene no confundir: quién pertenece a esta comunidad de Estados y con quién le interesa mantener una interlocución.

La presencia de comunidades hispanohablantes en Estados Unidos aporta un argumento cultural a favor del acercamiento. No convierte, sin embargo, a Washington en representante político de esas comunidades ante los demás países. La lengua compartida conecta a las personas; la representación estatal responde a otra lógica. Respetar esa diferencia evita utilizar una realidad cultural como autorización diplomática automática.

Tampoco resulta convincente presentar a Estados Unidos como remedio suficiente para las debilidades de las cumbres. Añadir un interlocutor relevante puede ampliar una conversación, pero no sustituye la responsabilidad de los participantes de definir sus objetivos y sostener sus acuerdos. Una invitación modifica la composición de una reunión, no garantiza su contenido.

La alternativa razonable no es elegir entre un foro cerrado y otro dependiente de Washington. Es preservar la capacidad de decisión de sus miembros y valorar colaboraciones externas por su utilidad concreta. Abrirse a Estados Unidos puede tener sentido; delegar en su presencia la justificación de la Cumbre sería confundir cooperación con tutela.

Fuente: Libertad Digital · leer el original

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