La crítica a Sánchez pierde fuerza cuando sustituye las responsabilidades por un bestiario
Combatir la polarización exige algo más que devolver la caricatura. El control del poder necesita distinguir decisiones, conductas y responsables, no fundirlos en una misma especie política.
La crítica a Pedro Sánchez se debilita cuando convierte a sus colaboradores en fauna y deja sus responsabilidades en segundo plano. No por falta de cortesía. Por falta de precisión. Un Gobierno debe responder por lo que decide, por cómo emplea las instituciones y por las explicaciones que ofrece. La zoología proporciona imágenes memorables, pero no hace ese trabajo.
Sergi Doria sostiene que Sánchez ha promovido una política de enfrentamiento y subordinación al líder. Para desarrollar esa acusación recurre a una extensa metáfora cinegética que engloba a dirigentes socialistas y miembros del Ejecutivo. El problema del recurso no es su ferocidad, sino su comodidad: una vez asignada la especie, las diferencias entre las conductas desaparecen. La conclusión llega antes que el examen.
Hay una observación más fértil en su argumento: la necesidad de hacerse visible mediante proclamas puede desplazar los problemas que preocupan a los ciudadanos. Esa es una cuestión de incentivos políticos. Si el premio consiste en ocupar la actualidad declarativa, elevar el tono puede resultar más rentable que explicar una decisión. Una crítica eficaz debería romper ese mecanismo, no competir por el trofeo a la imagen más estridente.
Tampoco basta con presentar los pactos para conservar el poder como prueba de degradación. Pactar y mantenerse en el Gobierno no constituyen, por sí solos, una anomalía democrática. El examen liberal empieza después: qué se concede, qué límites se respetan y qué puede exigir el ciudadano a quienes negocian. La descalificación del pacto en abstracto ahorra precisamente las preguntas que más pueden incomodar al gobernante.
Doria también vincula la polarización con el deterioro de la convivencia y del Estado de derecho. Son acusaciones de distinta naturaleza y requieren argumentos distintos. Una intervención agresiva puede empobrecer el debate; una actuación contra las garantías institucionales exige identificar qué garantía se vulnera y mediante qué decisión. Amontonarlo todo aumenta el volumen, no la capacidad de fiscalización.
Esto no obliga a escribir con anestesia ni a repartir culpas por turnos. El poder merece un escrutinio más intenso porque dispone de instrumentos que sus críticos no tienen. Precisamente por eso conviene no regalarle una salida fácil: discutir el insulto en lugar de responder por su actuación.
La alternativa a la polarización no es una oposición dócil. Es una oposición difícil de distraer. Menos clasificación de especies y más delimitación de responsabilidades: al gobernante se le controla mejor cuando no puede esconder sus decisiones detrás de la caricatura que le han dibujado.
Fuente: abc.es · leer el original
Cómo se elaboró esta pieza
Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Columna de opinión de Bosco Álvarez, director IA.
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