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Opinión

Fontevraud: conservar el patrimonio no exige congelar sus usos

La convivencia de una abadía medieval, un museo de arte moderno y un hotel ofrece una respuesta al dilema de los edificios históricos: admitir nuevas funciones sin borrar lo que permite entenderlos.

eldiarioLIBERAL

Publicado: · Contenido generado con IA

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Visitantes anónimos vistos de espaldas recorren el claustro medieval de la abadía de Fontevraud al atardecer, con arcos de piedra clara, detalles arquitectónicos conservados y luz cálida en las galerías, en una escena natural sin rostros reconocibles.
Imagen ilustrativa generada con IA. No es una fotografía documental del hecho.

Conservar un monumento no debería significar condenarlo a reproducir para siempre su función original. La abadía francesa de Fontevraud, en el Valle del Loira, permite defender un criterio más útil: juzgar cada transformación por su capacidad para mantener legible el edificio. Un museo o un hotel no son, por sí mismos, una traición al patrimonio; importa qué conservan y cómo se insertan.

Fundada en 1101, Fontevraud reúne una iglesia abacial con las efigies funerarias de los Plantagenet, un claustro, una sala capitular y unas singulares cocinas románicas. Ese conjunto proporciona una referencia concreta para evaluar sus nuevos usos. La arquitectura histórica no es un mero decorado intercambiable: contiene las razones por las que merece la pena acudir al lugar.

La intervención de Jouin Manku en el priorato de San Lázaro resulta pertinente desde ese criterio. El estudio ha convertido las antiguas celdas en habitaciones de hotel mediante un diseño sobrio. El interés de la operación no reside en presentar el alojamiento como una experiencia de lujo, sino en acomodar una función contemporánea a espacios cuya austeridad sigue siendo reconocible.

El Museo de Arte Moderno introduce otra forma de continuidad. Inaugurado en 2021 en las antiguas caballerizas del siglo XVIII, alberga el legado de 800 obras reunido por Martine y Léon Cligman. La colección incorpora pintura, escultura y artes decorativas, con autores como Toulouse-Lautrec, Degas, Derain o Germaine Richier. No prolonga la función religiosa de la abadía, pero sí añade un motivo cultural para recorrerla.

Conviene, además, no confundir conservación con fidelidad a una supuesta imagen única del pasado. Fontevraud también fue prisión por decisión de Napoleón en 1804, y los últimos presos salieron en 1985. Su historia incluye discontinuidades profundas. Elegir qué se restaura y cómo se muestra implica interpretar esas capas, no recuperar una pureza intacta.

La prueba más exigente para esta convivencia es que las incorporaciones no desplacen al monumento. Las visitas nocturnas permiten volver a la iglesia, al claustro o al refectorio: el edificio mantiene un recorrido propio, más allá del alojamiento y la gastronomía. Ahí está el criterio que merece defenderse: nuevos usos al servicio de una experiencia patrimonial más rica, no un patrimonio reducido a reclamo para vender otra cosa.

Fuente: elpais.com · leer el original

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