El gusto por La bola negra no puede ser un carné ideológico
La parodia de Vaya Semanita permite defender una regla elemental de la crítica: compartir la causa de una película no obliga a admirar su resultado.
Una película pierde espacio para la crítica cuando el juicio sobre ella se convierte en un examen de pertenencia política. La bola negra, de Los Javis, merece una conversación que permita separar la adhesión a sus temas de la valoración de su lenguaje cinematográfico. Esa distinción protege tanto al espectador como a la obra.
Vaya Semanita ha llevado esa confusión a un grupo de terapia ficticio: personas progresistas a las que no les ha gustado La bola negra. La situación cómica convierte una discrepancia estética en una confesión que necesita refugio. El recurso funciona porque exagera una exigencia reconocible: que las preferencias culturales sean coherentes con la etiqueta política de cada cual.
La aparición de un personaje de derechas decepcionado con Torrente Presidente amplía el argumento. Su presencia permite leer la escena más allá de una burla dirigida a un único sector. Ambos casos comparten el mismo mecanismo: atribuir a una identidad política un gusto obligatorio y tratar la decepción como una anomalía.
Conviene detenerse en esa simetría. No significa que las películas sean equivalentes ni que sus planteamientos merezcan idéntica valoración. Significa que ningún público debería quedar cautivo de una obra por considerarla próxima a sus convicciones. La afinidad puede explicar el interés inicial; no sustituye al juicio después de verla.
La represión homosexual, la Guerra Civil y la herencia del franquismo forman parte de los asuntos que aborda La bola negra. Su relevancia no resuelve por sí sola las preguntas cinematográficas. Un espectador puede considerar necesario un tema y discrepar de cómo se cuenta, sin que esa diferencia autorice a atribuirle una posición moral sobre quienes aparecen representados.
La libertad cultural exige precisamente ese margen de desacuerdo. El mejor uso de la parodia no es convertirla en munición contra los espectadores de Los Javis, sino aceptar su prueba también para las preferencias propias: ninguna lealtad política obliga a salir satisfecho del cine.
Fuente: Libertad Digital · leer el original
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