Piedad Isla: reconocer la dignidad sin embellecer la pobreza
El centenario de la fotógrafa invita a una lectura exigente de sus imágenes de la montaña palentina: apreciar su belleza no debería llevarnos a confundir el valor de aquellas vidas con las privaciones que soportaban.
La mejor manera de reivindicar a Piedad Isla es reconocer la dignidad de las personas que fotografió sin convertir su pobreza en un atractivo decorado rural. El centenario de su nacimiento ofrece una ocasión para separar esas dos cosas. Una imagen puede ser hermosa y mostrar una existencia dura; la primera cualidad no desmiente la segunda ni la vuelve deseable.
En sus fotografías de la montaña palentina aparecen ropas remendadas, manos castigadas y rostros de vejez prematura. Son detalles que impiden reducir aquella Castilla de mediados del siglo pasado a una estampa de autenticidad. Antes de servir como símbolos de un mundo perdido, hablan de condiciones materiales concretas. Mirarlos solo como recursos expresivos supone quedarse con la textura y apartar la experiencia humana que la produjo.
Tampoco sería justo recorrer esas imágenes como un inventario de carencias. Las personas retratadas no se agotan en lo que les faltaba. Ahí reside una exigencia de la buena fotografía documental: permitir que alguien sea visto sin quedar encerrado en una categoría. El campesino, el viejo o la joven no deberían convertirse en simples ilustraciones de una explicación sobre Castilla.
La imagen de una joven con una moto y un vestido blanco introduce, además, un contrapunto a las escenas de desgaste. No hace falta atribuirle pensamientos ni convertirla en emblema de una época para advertir su importancia: rompe la uniformidad. Un territorio contiene vidas distintas, no una sola experiencia colectiva que el espectador pueda resumir cómodamente.
Por eso, la relevancia de Isla no necesita descansar en una comparación con la literatura ni en la promesa de devolvernos a nuestras raíces. Su fotografía permite examinar la distancia entre lo que vemos y las etiquetas con las que acostumbramos a ordenar el pasado.
Celebrar este centenario debería significar volver a esas diferencias, no disolverlas en un homenaje sentimental. Reconocer la belleza de las fotografías y rechazar la idealización de las privaciones son gestos compatibles. La dignidad pertenece a quienes vivieron aquellas vidas; no a la pobreza que las acompañó.
Fuente: abc.es · leer el original
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