Defender Ucrania es negar al más fuerte el derecho a decidir por los demás
La soberanía no merece protección por una veneración abstracta de las fronteras, sino porque la conquista sustituye la decisión de una comunidad política por la voluntad de una potencia extranjera.
La defensa de Ucrania debe partir de un principio liberal concreto: ningún país adquiere el derecho a decidir el futuro de otro por disponer de más fuerza militar. Ese criterio importa más que las simpatías hacia un Gobierno o las afinidades culturales. Permite juzgar la invasión rusa sin convertir el apoyo al país agredido en una adhesión incondicional a sus dirigentes.
La ofensiva iniciada en febrero de 2022 plantea precisamente esa diferencia. No se trata solo de una disputa sobre el trazado de una frontera, sino del recurso a las armas para imponer la voluntad de un Estado sobre otro. Si la superioridad militar bastara para legitimar esa imposición, la independencia de los países pequeños quedaría subordinada a la tolerancia de sus vecinos poderosos.
El preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas, firmada en junio de 1945, vincula la igualdad de las naciones grandes y pequeñas con la dignidad de la persona, los derechos fundamentales y el respeto a los tratados. Esa asociación ofrece una orientación útil: la soberanía no es únicamente una prerrogativa estatal. También protege un espacio político frente a la coacción exterior, aunque por sí sola no garantice la libertad dentro de sus fronteras.
De ahí una distinción indispensable. Rechazar una invasión no obliga a considerar irreprochable al Estado invadido. La exigencia de rendición de cuentas a cualquier Gobierno y la defensa de su país frente a una agresión son compatibles. Condicionar esta última a la perfección de sus instituciones concedería al agresor una excusa prácticamente ilimitada.
La integración europea aporta otra enseñanza. La posibilidad de cruzar entre Francia y Alemania sin apenas advertir la frontera muestra que esta puede perder importancia mediante acuerdos. Pero una cosa es compartir voluntariamente decisiones y otra aceptar que una potencia las imponga por la fuerza. Confundir ambas situaciones vacía de contenido el consentimiento, que es precisamente lo que distingue la cooperación de la dominación.
Tampoco hace falta atribuir motivos psicológicos a Vladímir Putin ni resolver todas las controversias históricas para sostener este juicio. El hecho decisivo es la invasión. Ninguna interpretación del pasado debería funcionar como un título de propiedad sobre la población de otro país. Defender Ucrania significa, ante todo, mantener esa limitación al poder: la fuerza no concede autoridad para gobernar el destino ajeno.
Fuente: abc.es · leer el original
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