La memoria de México no cabe en la imagen festiva de sus muertos
Las flores, la comida y la música ofrecen una forma de convivir con la ausencia. Pero la mirada sobre México pierde profundidad si convierte esa celebración en una explicación de todos sus duelos.
Recordar México exige no confundir la celebración de los muertos con una reconciliación general con la pérdida. Los altares pueden dar forma al recuerdo, pero no explican por sí solos las ausencias que atraviesan una ciudad. La diferencia importa: una tradición puede acompañar el dolor sin resolverlo ni hacerlo menos concreto.
En su evocación de la capital mexicana, María José Solano reúne dos imágenes que conviene leer juntas. Por un lado, las flores, la comida, la música y la silla reservada a quienes ya no están. Por otro, las mujeres que recuerda llorando por sus desaparecidos junto al conjunto monumental del Zócalo. La segunda imagen impide que la primera se convierta en una postal autosuficiente.
No son pérdidas intercambiables. Recordar a un muerto y sufrir por un desaparecido no describen la misma relación con la ausencia. Tampoco la nostalgia por un amor o por la juventud perdida pertenece al mismo plano. La literatura puede aproximar esas experiencias mediante una imagen común; la lectura crítica debe conservar sus diferencias. De lo contrario, la belleza del lenguaje acaba borrando aquello que pretendía hacer visible.
El recorrido de Solano contiene también un contrapeso a esa simplificación: la precisión de los lugares. La cantina Salón Madrid, los escribanos de Santo Domingo o las librerías Gandhi sitúan el recuerdo en espacios concretos. Su valor en el relato no depende de que sean recomendaciones para un viajero, sino de que muestran cómo una relación con una ciudad se construye también fuera de sus monumentos.
Esa geografía cotidiana permite entender la memoria como algo más que un repertorio de símbolos nacionales. Una canción, una librería o una mesa pueden sostener un vínculo personal sin representar a todo un país. El recuerdo gana fuerza cuando reconoce esa escala: cuenta una relación con México, no ofrece una definición de los mexicanos.
La celebración de los muertos merece, por tanto, una mirada que no la reduzca a decoración ni le atribuya poderes que no tiene. Su riqueza está en ofrecer un lugar al recuerdo, no en volver equivalentes todas las ausencias.
Fuente: abc.es · leer el original
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