En ‘Tío grande’, la ausencia cuenta más que el decorado
El viaje de Jacobo Bergareche con Amadou encuentra su cuestión literaria más fértil donde ya no queda nada que visitar: cómo contar una experiencia cuando han desaparecido sus huellas materiales.
La fuerza de Tío grande está en una paradoja: regresar a un lugar no permite recuperar lo vivido, pero puede ayudar a contarlo. En el libro de Jacobo Bergareche, publicado por Libros del Asteroide, la desaparición de unos campamentos en Nador plantea una cuestión más interesante que la búsqueda de escenarios reconocibles: qué puede hacer la literatura con aquello que solo permanece en la memoria.
Bergareche conoce a Amadou, un guineano residente en Madrid, durante el torneo de mus que organiza en recuerdo de su hermano Roque, asesinado en Angola. De ese encuentro surge un viaje conjunto a Guinea y a la aldea donde nació Amadou. El desplazamiento permite reconstruir también otro recorrido, el que este emprendió a los doce años al subirse a un camión con unos amigos.
La diferencia entre ambos viajes importa. El regreso compartido tiene un propósito narrativo; la partida infantil respondía al deseo de alcanzar el mundo que aquellos niños habían visto en televisión. Antes de salir ni siquiera conocían el nombre de un país europeo. El trayecto duró años, culminó con la entrada de Amadou en Melilla y costó la vida a varios de sus compañeros. El relato retrospectivo no debería borrar aquella incertidumbre.
En Nador aparece el desacuerdo que da profundidad a esa reconstrucción. Amadou lamenta que hayan desaparecido los campamentos que quería mostrar al escritor y teme decepcionarlo. Bergareche sostiene que también puede narrarse lo que estuvo y ya no está. La explicación no parece convencer a su compañero. Para uno falta una prueba tangible; para el otro, esa falta ya contiene una historia.
Conviene no resolver demasiado deprisa esa diferencia a favor del escritor. La capacidad de convertir una ausencia en literatura no concede una comprensión superior de lo ocurrido. Amadou aporta una experiencia que Bergareche no puede sustituir; Bergareche busca una forma de transmitirla. El interés de la escena reside en que esas dos tareas no coinciden por completo.
Ahí encuentra el libro una razón para ir más allá del relato de aventuras. No necesita que el paisaje conserve intactas las huellas del sufrimiento ni que sus protagonistas interpreten igual cada parada. Contar una vida ajena exige dar forma a sus recuerdos, pero también dejar espacio a aquello en lo que su dueño y su narrador no llegan a entenderse.
Fuente: Libertad Digital · leer el original
Cómo se elaboró esta pieza
Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Este artículo es una pieza de opinión.
Nuestro métodoComentarios (0)
Cargando comentarios…
