El miedo no basta para juzgar la seguridad del transporte
La angustia ante las grandes infraestructuras merece atención, pero no demuestra que haya demasiados trenes o aviones. Exigir seguridad obliga a cuestionar tanto la confianza ciega en la tecnología como las explicaciones nacidas del temor.
El miedo merece ser escuchado, pero no puede convertirse en la medida de la seguridad del transporte. Una estación puede resultar abrumadora sin que esa impresión demuestre un peligro; también puede transmitir normalidad y esconder un fallo. Distinguir ambas cosas no supone despreciar a quien sufre, sino evitar que una experiencia emocional tenga que sostener una conclusión que requiere pruebas.
La figura de Sekmet, diosa egipcia asociada tanto a la destrucción como a la curación, ofrece una imagen poderosa de la desgracia que irrumpe sin atender a la inocencia de sus víctimas. Sirve para expresar el desamparo. Su utilidad termina, sin embargo, cuando toca explicar un accidente: una metáfora sobre la fragilidad humana no permite distinguir lo inevitable de lo prevenible.
La objeción de Voltaire tras el terremoto, el tsunami y el incendio de Lisboa de 1755 apuntaba contra la interpretación del sufrimiento como justicia providencial. Esa separación entre daño y merecimiento conserva su valor. Pero rechazar una explicación moral de la catástrofe no obliga a aceptar el fatalismo: que las víctimas no tengan culpa nada dice sobre las responsabilidades que deban investigarse.
Tampoco la incomodidad ante las multitudes, la megafonía o las pantallas acredita que una infraestructura haya superado su capacidad segura. Esas experiencias sí permiten plantear otra exigencia: que los espacios de transporte sean comprensibles y habitables también para quienes encuentran dificultades al utilizarlos. Atender esa necesidad tiene valor propio, sin presentar la angustia como una percepción privilegiada del peligro.
En sentido contrario, prometer que unos mejores sistemas de control resolverán cualquier problema tampoco constituye una demostración. La ingeniería debe responder con explicaciones verificables, no con una garantía abstracta de infalibilidad. La confianza razonable admite límites, errores y escrutinio.
El número de viajeros o de servicios no resuelve por sí solo esa discusión. Un aumento no demuestra seguridad, pero tampoco prueba saturación. Del mismo modo, abrir la competencia no puede funcionar como certificado de buen servicio ni como explicación automática de una catástrofe.
La alternativa no es elegir entre el entusiasmo tecnológico y el temor permanente. Es exigir que cada afirmación sobre seguridad se sostenga en evidencias. Escuchar a quien tiene miedo y comprobar qué está fallando son obligaciones compatibles; confundirlas perjudica a ambas.
Fuente: elpais.com · leer el original
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