La historia de Nápoles también está en los añadidos a sus antigüedades
Una sirena incorporada en el siglo XIX a una pileta pompeyana permite leer algo más que el pasado romano: muestra cómo cada época adapta el patrimonio a sus deseos y necesidades.
Una antigüedad transformada no cuenta necesariamente menos historia que una intacta. Puede contar dos historias distintas, siempre que sepamos distinguirlas. Una pileta del Museo Arqueológico Nacional de Nápoles ofrece un buen ejemplo: su recipiente procede de Pompeya, pero la sirena que lo sostiene fue añadida en el primer decenio del siglo XIX. Ese añadido merece atención por lo que revela de quienes quisieron apropiarse simbólicamente del pasado.
La pieza, registrada con el número de inventario 6862, es un labrum de mármol rojo que pasó a formar parte de la colección con la que Carolina Murat quiso rodearse en sus apartamentos del Palazzo Reale. No estamos, por tanto, ante una composición enteramente romana. El objeto conserva una intervención posterior vinculada a su uso como antigüedad palaciega.
Carolina Bonaparte se convirtió en reina consorte de Nápoles en 1808, cuando Napoleón colocó en el trono a su marido, Joaquín Murat. Su identificación con Parténope, presente en monedas, medallas y retratos, acompañaba su interés por la Antigüedad y servía como forma de legitimación napolitana. La sirena permitía enlazar una monarquía recién llegada con el relato fundacional de la ciudad.
La figura reúne atributos que hacen visible esa construcción: aletas semejantes a alas, una cola serpentiforme y una corona alusiva a la soberanía mítica de Parténope. Conviven en ella la sirena pájaro y la sirena pez, junto con rasgos de Escila. Su interés no reside en representar una versión pura del mito, sino en mostrar cómo se ensamblan sus distintas tradiciones.
Esa capacidad de transformación también puede leerse fuera del museo. En la Fuente de Spinacorona, una sirena con forma de mujer pájaro vierte agua de sus pechos para apagar los fuegos del Vesubio y proteger Nápoles. La criatura peligrosa del imaginario antiguo adquiere así una función protectora. La continuidad del símbolo no exige que su significado permanezca inmóvil.
La lectura más fértil de este patrimonio consiste en separar sus capas sin despreciar ninguna. Confundir la sirena decimonónica con la pileta romana borraría información; considerarla un añadido sin interés también. El valor de la pieza está precisamente en permitirnos reconocer tanto la antigüedad de Pompeya como la mirada posterior que quiso hacerla suya. Un museo explica mejor el pasado cuando muestra esas diferencias, no cuando las disuelve.
Fuente: elpais.com · leer el original
Cómo se elaboró esta pieza
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