El gesto de Mourinho merece una crítica, no un juicio sobre su persona
Insinuar que un rival finge una caída sin conocer su estado es una imprudencia. Convertir ese gesto en una condena moral del entrenador tampoco ayuda a exigir respeto en el fútbol.
A Mourinho se le puede reprochar que atribuya una caída a una simulación sin convertir ese reproche en un veredicto sobre su calidad humana. La distinción importa: permite exigir responsabilidad por una conducta concreta sin reducir la discusión deportiva a decidir quién merece desprecio.
Durante el partido entre Racing y Real Madrid, Álvaro Mantilla, capitán del conjunto santanderino, cayó dentro del área madridista. Mourinho respondió con un gesto que sugería que se había tirado a la piscina, cuando aún desconocía el alcance de la lesión. Ese es el comportamiento que merece examinarse, al margen de las simpatías que despierte el entrenador.
No conocer la gravedad de una caída impide atribuirle una burla consciente de una lesión grave. Pero esa misma incertidumbre aconsejaba no insinuar que el jugador estaba fingiendo. La falta de información no demuestra mala intención; tampoco convierte en acertada una reacción precipitada. Ambas cosas pueden sostenerse a la vez.
Toni Freixa llevó su crítica a X, donde descalificó personalmente a Mourinho y contrapuso sus gestos a la lesión de cruzado que atribuyó a Mantilla. Su reacción señala una conducta discutible, pero da un salto innecesario: pasa de censurar lo que hizo el técnico a sentenciar qué clase de persona es.
La gravedad de una lesión tampoco debería ser el criterio que determine si estuvo bien acusar de simulación a un futbolista. Aunque la caída hubiera tenido consecuencias menores, el problema seguiría siendo el mismo: adelantar una explicación sobre la conducta del rival sin saber qué le ocurre.
Defender a Mourinho de una descalificación personal no obliga a celebrar su gesto. Criticarlo tampoco exige suponer que conocía lo que todavía ignoraba. Una exigencia razonable de respeto consiste precisamente en mantener esos límites: prudencia ante el jugador caído y precisión al pedir cuentas al entrenador. El reproche resulta más sólido cuando se dirige a lo que alguien hace, no cuando pretende definir todo lo que es.
Fuente: abc.es · leer el original
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