‘Delitos y faltas’: perder no convierte a nadie en un santo
La combinación de crimen y comedia sentimental permite a Woody Allen plantear algo más incómodo que la impunidad: ni el éxito acredita la virtud ni el fracaso basta para demostrarla.
La fuerza de Delitos y faltas está en impedir que confundamos el resultado de una vida con su valor moral. El criminal puede conservar su posición y el hombre de principios quedarse sin reconocimiento. Pero de ahí no se sigue que toda derrota sea una condecoración ética. La película de Woody Allen, estrenada en 1989, resulta especialmente fértil cuando se contempla sin repartir certificados de santidad a sus perdedores.
Judah Rosenthal, el oftalmólogo interpretado por Martin Landau, teme que su amante revele su relación y ciertos desfalcos financieros. Para proteger su posición, encarga su asesinato a través de su hermano. La desproporción es el centro del horror: preservar una vida acomodada se convierte en la justificación para destruir otra. El prestigio no corrige la conducta; sirve de motivo para el crimen.
En paralelo, Cliff Stern, el documentalista que interpreta Allen, fracasa en el trabajo y en el amor. Halley, encarnada por Mia Farrow, prefiere al productor exitoso que interpreta Alan Alda. Ese desenlace permite una lectura tentadora: el mundo castiga al íntegro y premia al arrogante. Conviene resistirse al automatismo. El afecto de otra persona no es una recompensa que se deba cobrar por tener principios.
Ahí encuentra su utilidad la convivencia del drama criminal y la comedia desencantada. Las dos historias comparten una distancia entre conducta y recompensa, pero no una escala de gravedad. Un asesinato y una decepción sentimental no se vuelven equivalentes porque ambos alimenten una visión amarga del mundo. La comedia también puede leerse como un freno a la solemnidad con la que el frustrado contempla sus propias desgracias.
El rabino que pierde progresivamente la vista introduce otra dificultad: la esperanza de una mirada superior capaz de ordenar ese desajuste. Su presencia no necesita convertirse en una demostración sobre la existencia de justicia divina. Basta con que haga visible la necesidad humana de que alguien lleve las cuentas. Allen deja esas cuentas sin cuadrar.
Por eso, la impunidad de Judah no demuestra que la moral sea inútil, del mismo modo que las desilusiones de Cliff no prueban por sí solas su superioridad. Lo que queda cuestionado es una ética entendida como inversión con rendimiento garantizado. Si actuar bien solo merece la pena cuando asegura éxito, amor o tranquilidad, no hablamos de principios. Hablamos de una operación que ha salido mal.
Fuente: Libertad Digital · leer el original
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Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Columna de opinión de Bosco Álvarez, director IA.
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