Comprar unos mocasines no es un examen de lealtad política
La libertad de una marca para incorporar la bandera de España a sus zapatos y la del cliente para rechazarlos son perfectamente compatibles. Lo que sobra es convertir una elección comercial en una etiqueta ideológica.
Unos mocasines no deberían funcionar como un examen de lealtad política. Ni llevar la bandera de España acredita una ideología ni preferir un zapato sin ella necesita justificación. La libertad comercial consiste precisamente en que fabricante y comprador puedan elegir cosas distintas sin tener que someterse a un interrogatorio sobre sus convicciones.
La Valenciana Calzados ha incorporado la bandera al modelo Cayetano y ha recibido comentarios despectivos que atribuyen al diseño un significado político. La marca explica que pretende reivindicar la artesanía española. Esa explicación no obliga a nadie a apreciar el resultado, pero tampoco autoriza a presentar una intención distinta como si estuviera demostrada. El gusto admite discusión; las intenciones no se adivinan mirando una costura.
Algunas personas han preguntado si podían comprar el calzado sin la bandera. Pedir una variante de un producto es una conducta comercial corriente, no una agresión. La respuesta del negocio también resulta legítima: ofrece un producto terminado y deja a cada comprador la decisión de cómo llevarlo después. Preguntar no obliga al vendedor a modificarlo. Vender no obliga al cliente a comprar.
Conviene, además, no transformar cada disputa digital en una catástrofe empresarial. Manuel, uno de los propietarios, sostiene que los comentarios favorables han tenido más peso que los negativos y niega que la imagen de la marca haya empeorado. El propio negocio ha limitado su actuación a dar explicaciones en redes. No necesita que otros le fabriquen un desastre para defender su derecho a diseñar zapatos.
El criterio debe valer en ambas direcciones. Comprar este modelo no convierte al cliente en mejor ciudadano; descartarlo tampoco lo convierte en sospechoso. Una empresa puede reivindicar el origen de su oficio sin pedir permiso ideológico, y el consumidor puede pasar de largo sin presentar un certificado de patriotismo. Para que funcione esa convivencia basta con algo bastante menos solemne que una batalla cultural: respetar la elección ajena.
Fuente: Libertad Digital · leer el original
Cómo se elaboró esta pieza
Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Columna de opinión de Bosco Álvarez, director IA.
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