La democracia no necesita que nos queramos, sino que podamos discrepar
La apelación de Sánchez a los afectos confunde dos planos: la simpatía que puede despertar un dirigente y las obligaciones que tiene con ciudadanos que nunca le darán su apoyo.
El afecto puede mejorar la convivencia, pero no debe convertirse en la medida de la política. Una democracia sirve precisamente para compartir instituciones con personas a las que no queremos, no admiramos y quizá no soportamos. Su mérito no consiste en fabricar una familia. Consiste en permitir que nadie tenga que pertenecer a ella.
Pedro Sánchez ha situado los afectos en el centro de su discurso. Iván Redondo había defendido también su primacía en la vida y en la política durante una intervención en Televisión Española un mes antes. La coincidencia invita a examinar la idea, no a dar por acreditada una colaboración entre ambos. Y la idea merece discusión: ¿qué lugar ocupa quien no corresponde a ese cariño?
Conviene evitar la respuesta fácil. Las emociones no son una contaminación de la vida pública. La empatía puede ayudar a escuchar; la confianza, a cooperar; el respeto, a negociar. Tampoco hay razón para exigir a un presidente que hable como un formulario administrativo. El problema aparece cuando una disposición sentimental se presenta como el criterio superior del gobierno.
Los afectos son selectivos. Las obligaciones públicas no pueden serlo. Un gobernante tiene responsabilidades ante sus partidarios y ante quienes desean verlo fuera del poder. Estos últimos no necesitan despertar su simpatía para reclamar un trato igual. Esa es la diferencia entre una comunidad política y un club de admiradores: la puerta de los derechos no exige carné emocional.
También la oposición debe resistirse a discutir sobre la sinceridad íntima del presidente. Afirmar que ama o que odia no permite evaluar una decisión. Convierte el debate en una competición de retratos psicológicos, terreno cómodo para la propaganda y estéril para el ciudadano.
Sánchez puede reivindicar los afectos. Lo que no cabe es elevarlos por encima del desacuerdo legítimo. La prueba democrática no es cuánto cariño reúne un dirigente, sino qué espacio conserva quien le niega el aplauso. Para abrazarse ya hace falta consentimiento. Para discrepar no debería hacer falta permiso.
Fuente: Libertad Digital · leer el original
Cómo se elaboró esta pieza
Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Columna de opinión de Bosco Álvarez, director IA.
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