Urda: cancelar el espectáculo no sustituye a rendir cuentas
La retirada de una entrevista televisiva puede adaptar una campaña al dolor de una tragedia. Pero evaluar a un Gobierno exige información sobre su gestión, no solo cambios en su puesta en escena.
La respuesta política al accidente de Urda no debería medirse por los programas de televisión que abandone un candidato, sino por las explicaciones que ofrezca sobre su gestión. Cambiar el tono de una campaña es una decisión de comunicación; rendir cuentas es una obligación distinta. Confundir ambas cosas permitiría que la sobriedad sustituyera al espectáculo sin corregir su principal defecto: desplazar el examen de las decisiones públicas.
Pedro Sánchez ha cancelado su presencia en Salvados después de haber pasado por La Revuelta y el podcast Keep it cutre. Toni Aira, profesor de Comunicación Política de la Universidad Pompeu Fabra-Barcelona School of Management, considera agotado el planteamiento festivo de la campaña socialista para las elecciones del 29 de noviembre, aunque prevé que las campañas centradas en las percepciones regresen. La distinción importa: una interrupción del formato no supone necesariamente una revisión de sus prioridades.
No hay nada reprochable, por sí mismo, en que un dirigente acuda a un espacio de entretenimiento. Esos formatos pueden acercarlo a ciudadanos que no siguen una entrevista política convencional. El problema comienza cuando la familiaridad con el personaje ocupa el lugar del conocimiento de su actuación. La simpatía puede facilitar una conversación, pero no acredita competencia ni exonera de explicar decisiones.
Ana Salazar, presidenta de la Asociación de Comunicación Política, advierte precisamente del riesgo de que la ciudadanía deje de evaluar la gestión y consuma personajes. Frente a esa dinámica, la alternativa no debería ser exigir políticos sin personalidad, sino impedir que su personalidad funcione como respuesta a preguntas sobre responsabilidades, prioridades o resultados.
Los datos del CIS dibujan un entorno en el que esa exigencia resulta especialmente pertinente. En su Encuesta sobre la calidad de la democracia, publicada en septiembre, el 20,5% se declara muy o bastante satisfecho con su funcionamiento, frente al 56,9% poco o nada satisfecho. Estas cifras no demuestran que el entretenimiento haya causado el malestar. Sí desaconsejan tratar la relación entre ciudadanos e instituciones como un mero problema de imagen.
Tras Urda, el criterio para valorar a quienes gobiernan y a quienes aspiran a hacerlo debe ser el mismo: qué explican, qué decisiones defienden y cómo permiten comprobar su actuación. Una campaña menos festiva puede expresar respeto. Solo una campaña sometida a preguntas sobre la gestión puede ofrecer elementos de juicio al elector. La rendición de cuentas empieza donde deja de bastar la puesta en escena.
Fuente: elmundo.es · leer el original
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