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Opinión

El diccionario no puede sustituir a las pruebas en política

Las voces del español de América enriquecen nuestra capacidad para describir el poder. Pero una palabra expresiva no demuestra una mentira, una arbitrariedad ni un abuso: la exigencia empieza donde termina la etiqueta.

eldiarioLIBERAL

Publicado: · Contenido generado con IA

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Mesa de lectura en una biblioteca, con un diccionario de lengua española abierto, un cuaderno de notas y un lápiz, estanterías de madera al fondo y luz natural lateral, sin personas ni marcas visibles.
Imagen ilustrativa generada con IA. No es una fotografía documental del hecho.

La precisión del lenguaje es una herramienta de control del poder, pero pierde su utilidad cuando una palabra se utiliza como sustituto de una prueba. El diccionario puede ayudarnos a formular mejores preguntas; no puede responder por nosotros quién ha mentido, quién ha actuado arbitrariamente o quién ha abusado de su cargo.

La presentación de la vigesimocuarta edición del Diccionario de la Lengua Española en la RAE ofreció ejemplos del caudal expresivo del español de América. Entre las voces expuestas figuraron la paraguaya bolaterapia, referida a un relato organizado de mentiras y disparates; la dominicana medalaganario, que describe a alguien arbitrario, sin criterio ni método; y la puertorriqueña cangrimán, aplicada a una persona de gran poder e influencia, especialmente política.

Su atractivo es evidente: condensan en pocas sílabas comportamientos que, de otro modo, necesitan una explicación más larga. Medalaganario, procedente de me da la gana, permite identificar con especial claridad lo contrario de una actuación sometida a reglas. Esa capacidad de síntesis resulta valiosa para cualquier ciudadano que quiera discutir las decisiones públicas sin refugiarse en tecnicismos.

Pero la síntesis también puede borrar distinciones necesarias. Tener influencia no equivale a ejercerla ilegítimamente. Una decisión desacertada no demuestra por sí sola arbitrariedad. Y una explicación insatisfactoria no acredita una mentira organizada. Confundir esas categorías convierte el vocabulario crítico en otra forma de propaganda, aunque las palabras elegidas sean más ingeniosas que las del adversario.

Desde una perspectiva liberal, el examen decisivo no consiste en encontrar el calificativo más contundente, sino en comprobar qué reglas limitan al gobernante y cómo responde por sus decisiones. Una crítica rigurosa debe señalar el acto cuestionado, explicar el criterio vulnerado y distinguir lo demostrado de lo sospechado. Ese método debe servir igual para el Gobierno y para la oposición.

La aportación americana merece incorporarse a la conversación pública por su riqueza, no quedar reducida a un repertorio de descalificaciones. Llamar a las cosas por su nombre exige primero establecer qué cosas han ocurrido. Sin ese paso, cambiar de diccionario apenas cambia la calidad del debate.

Fuente: abc.es · leer el original

Cómo se elaboró esta pieza

Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Este artículo es una pieza de opinión.

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