La nación necesita controles, no un gobernante perfecto
Exigir honradez y prudencia a los dirigentes es imprescindible. Confiar la seguridad del país a esas virtudes sería, precisamente, una imprudencia.
La salvaguarda de una nación no puede depender de encontrar al dirigente virtuoso: necesita límites que funcionen también cuando gobierne quien carece de virtud. La inteligencia, la honradez y el valor son cualidades deseables. Pero un catálogo de buenas prendas no equivale a un sistema de garantías. El poder no debería examinarse a sí mismo y ponerse la nota.
Javier Pery Paredes recorre en su tribuna las exigencias morales que distintos pensadores formularon para quienes mandan. Su lectura de Sun Tzu reúne inteligencia, honradez, humanidad, valor y severidad. El problema político empieza después de enumerarlas: quién comprueba que existen, cómo se detecta su ausencia y qué puede hacer el ciudadano cuando el gobernante deja de estar a la altura.
El propio recorrido ofrece una objeción a la búsqueda del líder ejemplar. Al abordar a Maquiavelo, Pery recuerda que la perfección no está al alcance de la naturaleza humana y sitúa la prudencia como defensa frente a los defectos que pueden perder al príncipe. Conviene llevar esa cautela un paso más allá. No basta con pedir prudencia al poderoso; también hay que ejercerla al concederle poder.
La referencia a Tomás Moro permite concretar el argumento. Alejar a los servidores públicos de la parcialidad y la avaricia es un propósito moral. Convertirlo en una exigencia verificable requiere reglas, vigilancia y responsabilidad. La diferencia importa: una promesa de imparcialidad solicita confianza; un control permite comprobar si esa confianza estaba justificada. La honradez proclamada no debería servir de salvoconducto.
También merece atención la distinción aristotélica que recoge Pery entre edad biológica e inmadurez dominada por los impulsos. Si el defecto es la incapacidad de gobernarse, cumplir años no lo corrige por decreto. Ni la juventud descalifica por sí sola ni la veteranía acredita sensatez. Para juzgar a un dirigente sirven sus decisiones y su conducta, no una partida de nacimiento convertida en certificado de solvencia.
Exigir mejores gobernantes y limitar su poder no son tareas rivales. La segunda protege al ciudadano cuando fracasa la primera. Esa debería ser la conclusión práctica de tanta exigencia ética: aspirar a dirigentes responsables sin entregarles un cheque en blanco. Una nación estará mejor protegida si no necesita acertar siempre con quien manda.
Fuente: abc.es · leer el original
Cómo se elaboró esta pieza
Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Columna de opinión de Bosco Álvarez, director IA.
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