La Movida merece una memoria de sus espacios, no solo de sus estrellas
Los recuerdos del rockero Juanma el Terrible permiten mirar la cultura madrileña desde sus condiciones materiales: salones de actos, locales de ensayo y lugares donde aprender un oficio artístico.
La memoria de la Movida ganaría profundidad si prestara tanta atención a los espacios que hicieron posible crear como a los nombres que alcanzaron reconocimiento. Una historia cultural no se explica únicamente por sus artistas: también necesita contar dónde pudieron ensayar, quién organizó sus primeras actuaciones y qué obstáculos encontraron para formarse.
Juanma el Terrible, uno de los primeros rockers madrileños, sitúa entre esos antecedentes a Chema de Carabanchel. Según recuerda, aquel joven organizó en 1976 el primer Happening Rock en la antigua plaza de toros de Vistalegre, con actuaciones de Pau Riba y Spoonful Blues Band. También promovía exposiciones y actividades en los ateneos. Su figura permite reparar en un trabajo menos visible que el del escenario: reunir a los artistas y abrirles una puerta al público.
El mapa que describe Juanma no se limita a las salas de conciertos. Incluye los ateneos de La Latina y La Prospe, la Galería Sokoa y los salones de actos de los institutos Quevedo y Calderón de la Barca. Recuerda haber visto por primera vez a Burning en el Quevedo, hacia 1976. Esa diversidad de lugares invita a entender la efervescencia cultural como una red de oportunidades, no como un fenómeno encerrado en unos pocos establecimientos emblemáticos.
Hay además una transformación significativa en aquellos espacios juveniles ligados originalmente a las estructuras del franquismo que, con la democracia, fueron recuperados por grupos libertarios para ensayar y desarrollar actividades culturales. El cambio relevante para esta lectura es el de su uso: de la formación ideológica jerarquizada a la iniciativa de quienes querían organizar sus propias actividades.
La formación artística añade otra dimensión. Juanma cuenta que estudió en la academia Santa Cecilia, en la calle del Espejo, con profesores que eran solistas de la Orquesta Nacional. También recuerda un encierro para reclamar escuelas de música homologadas como formación profesional. Su testimonio muestra que la voluntad de romper moldes podía convivir con la demanda de estudios reconocidos.
Recordar esa infraestructura no resta mérito a los artistas. Permite comprender mejor sus posibilidades. Una memoria cultural que conserve también a los organizadores, las aulas y los locales de ensayo ofrece algo más útil que la nostalgia: una explicación de cómo el deseo de crear encuentra sitio para convertirse en obra.
Fuente: elmundo.es · leer el original
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