Crear moda desde África debe ser una opción viable, no una obligación identitaria
El reto empresarial no consiste en exigir a los diseñadores que permanezcan en su país, sino en que puedan construir allí una firma competitiva sin tener que marcharse para acceder a recursos.
La libertad de un diseñador también se mide por su capacidad para elegir desde dónde trabaja. Para los creadores africanos, quedarse no debería ser una prueba de autenticidad, ni salir una condición para desarrollar su negocio. Esa es una manera más útil de valorar su proyección internacional que comprobar cuánto se ajustan sus prendas a una estética supuestamente continental.
Thebe Magugu, ganador del premio LVMH en 2019 y colaborador de Dior y Adidas, explica que revisó su modelo al advertir que estaba siguiendo uno que no respondía a sus condiciones. Dirigir una casa desde Johannesburgo no plantea las mismas necesidades que hacerlo desde París o Milán. Su ambición es alcanzar repercusión internacional sin abandonar África para obtener legitimidad.
La cuestión no es reproducir una capital europea en otro lugar. Es permitir que cada empresa encuentre una combinación viable de diseño, fabricación y distribución. Magugu sostiene que, al poner en marcha su firma, tuvo que construir parte de las estructuras que necesitaba. Esa tarea añade exigencias empresariales al trabajo creativo, por reconocido que esté.
Adebayo Oke-Lawal, fundador de Orange Culture en Lagos en 2011, describe dificultades para acceder a fabricación, financiación, materiales y distribución estable. También reclama inversión duradera, educación y protección de la propiedad intelectual. Su experiencia permite separar dos objetivos que suelen confundirse: conseguir atención internacional y disponer de los medios para atender a los compradores.
Existen caminos distintos. En Senegal, Sarah Diouf fundó Tongoro en 2016 y mantuvo el diseño y la producción en Dakar, trabajando con sastres locales. En Sudáfrica, Laduma Ngxokolo ha desarrollado MaXhosa Africa con fabricación propia y una red de tiendas. Son ejemplos de organización empresarial, no recetas que todas las firmas deban adoptar.
Tampoco basta con mirar el volumen exportador. Un informe de la UNESCO de 2023 situaba las exportaciones anuales africanas de textiles, prendas y calzado en unos 15.500 millones de dólares. Esa actividad incluye producción para empresas extranjeras: no equivale a las ventas de marcas africanas de autor. Confeccionar para terceros y desarrollar una firma propia son negocios diferentes, aunque ambos puedan generar empleo.
El criterio para celebrar el avance de estos creadores debería ser la ampliación de sus opciones. Que puedan producir localmente, contratar fuera, vender en otros mercados o combinar esas vías según sus necesidades. El éxito no exige un modelo empresarial único ni una obligación de permanencia: exige que quedarse sea una decisión comercial posible, y no una renuncia.
Fuente: elmundo.es · leer el original
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