La lección del Astoria: la amistad literaria no exige una estética común
El Cervantes de Cristina Fernández Cubas y el Nacional de las Letras de Enrique Vila-Matas permiten celebrar algo más que una amistad: dos trayectorias que compartieron conversaciones sin renunciar a su singularidad.
La mejor herencia de una tertulia literaria no es que sus integrantes terminen escribiendo igual, sino que encuentren espacio para ser distintos. Cristina Fernández Cubas, recién galardonada con el Cervantes, y Enrique Vila-Matas, que recibió el Premio Nacional de las Letras una semana antes, ofrecen un buen ejemplo de esa convivencia entre cercanía personal e independencia creativa.
A comienzos de los años ochenta, ambos frecuentaban el bar Astoria, situado encima del cine del mismo nombre en la calle París de Barcelona. Fernández Cubas acudía con Carlos Trías; Vila-Matas, con Paula de Parma. Entre los habituales estaba también el cineasta Gonzalo Herralde. Allí se hablaba de libros, películas y actualidad, pero también se bromeaba y se intercambiaban noticias de amigos.
Ese escenario importa como lugar de intercambio, no como explicación suficiente de unas obras. Compartir mesa no equivale a compartir programa. En aquellos años, Fernández Cubas había publicado Mi hermana Elba, mientras Vila-Matas llevaba su experimentación narrativa a una novela como Al sur de los párpados. La proximidad entre los escritores no borraba la distancia entre sus propuestas.
En Fernández Cubas, lo fantástico encuentra una materia fértil en los espacios reconocibles. La escritora explicó que el colegio de su infancia aparece en Mi hermana Elba y sirve también de escenario a Hermanas de sangre. En su libro autobiográfico Cosas que ya no existen, Arenys permanece reconocible aunque no figure su nombre. La imaginación transforma una experiencia propia, no necesita desprenderse de ella.
El recorrido de Vila-Matas plantea otra forma de continuidad: la persistencia de un universo experimental y metaliterario que ha llegado a un público internacional cada vez más amplio. Su trayectoria permite distinguir entre conservar una búsqueda estética y quedar encerrado en un círculo de lectores.
Los dos premios no obligan a descubrir retrospectivamente una escuela del Astoria. Resulta más interesante reconocer que aquellas conversaciones acompañaron escrituras diferentes. La amistad puede alimentar la literatura sin dictarle una forma: ese es un legado más valioso que cualquier parecido impuesto.
Fuente: lavanguardia.com · leer el original
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