La igualdad ante la ley no exige vidas ejemplares
Una sociedad liberal puede admirar la excelencia sin convertir la conducta mayoritaria en un requisito de legitimidad. El privilegio que debe combatir es la excepción a los derechos y deberes comunes, no la singularidad personal.
La democracia liberal debe exigir reglas iguales, no biografías ejemplares. Distinguir entre quien sobresale mediante el cumplimiento excelente de una norma y quien lo hace apartándose de ella permite pensar sobre nuestros modelos de conducta. Pero esa distinción resulta insuficiente para decidir qué formas de vida merecen reconocimiento: antes hay que precisar de qué norma hablamos.
No es lo mismo una obligación jurídica que una costumbre o una convención estética. Reclamar una exención personal de los deberes comunes plantea un problema de privilegio. Vivir de una manera que otros consideran excéntrica plantea, en cambio, una cuestión de libertad. Confundir ambas cosas llevaría a reprochar al individuo no que perjudique a nadie, sino que se aparte de lo esperado.
También conviene separar la admiración de la imitación. Una conducta puede merecer estima aunque no tenga sentido convertirla en pauta general. Que una elección sea irrepetible no demuestra que sea injusta, del mismo modo que su popularidad no garantiza su valor. La posibilidad de generalizar un comportamiento importa cuando discutimos obligaciones compartidas; no tiene por qué determinar todos nuestros juicios sobre una vida.
La defensa de la excelencia cotidiana conserva, pese a ello, una intuición valiosa: sobresalir no requiere proclamarse por encima de los demás. Cumplir bien las obligaciones puede ser más digno de reconocimiento que reclamar atención por la mera diferencia. Pero tampoco la fidelidad a una costumbre basta para acreditar excelencia. Si la norma social es el criterio, queda pendiente explicar cómo juzgamos esa misma norma.
La contraposición entre Clasicismo y Romanticismo sirve como esquema de sensibilidades, no como criterio suficiente para establecer las preferencias de una democracia. La igualdad de derechos no obliga a elegir entre perfección y originalidad, ni a declarar agotada una de ellas.
El criterio liberal debería ser otro: negar privilegios sin administrar modelos de personalidad. Una sociedad libre puede celebrar a quien cumple admirablemente sus deberes y dejar espacio a quien ensaya una existencia distinta. Lo decisivo no es que todos podamos imitarla, sino que esa diferencia no comporte derechos superiores ni menoscabe los ajenos.
Fuente: elmundo.es · leer el original
Cómo se elaboró esta pieza
Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Este artículo es una pieza de opinión.
Nuestro métodoComentarios (0)
Cargando comentarios…
