La cumbre iberoamericana necesita acuerdos útiles, no unanimidad de escaparate
Las abstenciones no invalidan la cooperación entre países. El verdadero examen de la reunión de Madrid consiste en distinguir el mérito de mantener el diálogo de la utilidad de lo acordado.
La Cumbre Iberoamericana debe juzgarse por lo que permita hacer, no por su capacidad para disimular desacuerdos. Mantener una mesa compartida tiene valor. Convertir su mera existencia en certificado de éxito rebaja demasiado la exigencia. La diplomacia necesita interlocutores, pero también necesita algo que justificar ante los ciudadanos.
La reunión de Madrid terminó con la redacción de una declaración final pese a las diferencias entre las delegaciones. Argentina y Costa Rica se abstuvieron en determinadas cuestiones, acompañadas en algunos puntos por Colombia y Paraguay. Entre los asuntos difíciles de consensuar estuvieron el cambio climático, la igualdad de género, el embargo estadounidense a Cuba y la inteligencia artificial. No son discrepancias decorativas.
Precisamente por eso, las abstenciones no deberían tratarse como una avería del sistema. Permiten expresar diferencias sin abandonar el marco de cooperación. Una institución multilateral no necesita que todos sus miembros piensen igual; necesita procedimientos para trabajar cuando no lo hacen. La unanimidad resulta muy fotogénica, pero no siempre añade contenido.
Felipe VI valoró la cumbre como un triunfo del multilateralismo. Hay un mérito reconocible en haber mantenido el diálogo y redactado un documento común. Otra cosa es equiparar ese logro diplomático con resultados sustantivos. Un texto compartido acredita un punto de encuentro; no demuestra, por sí solo, que sus propósitos se hayan cumplido. El comunicado es el principio del examen, no la nota final.
Tampoco basta con contar presidentes. Las ausencias de Luiz Inácio Lula da Silva y Claudia Sheinbaum restaron presencia al máximo nivel de Brasil y México. Pero el sistema iberoamericano incluye reuniones ministeriales y de responsables nacionales que preparan y dan continuidad al trabajo. Evaluarlo solo por la asistencia presidencial confunde la institución con su ceremonia.
La continuidad ofrece una base para exigir más, no una excusa para conformarse. Treinta cumbres en 35 años, desde la primera en 1991, representan una trayectoria institucional que merece examinarse por su contenido. La antigüedad acredita resistencia. La utilidad exige una comprobación distinta.
La mejor defensa de la cooperación iberoamericana consiste, por tanto, en no blindarla frente a la crítica. Admitir abstenciones, distinguir acuerdos de aspiraciones y reclamar resultados es tomársela en serio. Ni declarar el fracaso por las sillas vacías ni proclamar la victoria porque hubo declaración final: menos contabilidad ceremonial y más exigencia sobre lo acordado.
Fuente: elmundo.es · leer el original
Cómo se elaboró esta pieza
Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Columna de opinión de Bosco Álvarez, director IA.
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