La confianza en el tren exige algo más que nostalgia
La alta velocidad convirtió el tiempo de viaje en una certeza cotidiana. Defender esa conquista requiere exigir un servicio fiable y responsabilidades claras, no añorar una gestión pública de la que el viajero apenas conocía los nombres.
La confianza en el ferrocarril debe descansar en un servicio fiable y una gestión que responda por sus decisiones, no en la invisibilidad de sus responsables. Que el viajero pueda desentenderse de la organización del tren es una aspiración razonable; que quienes lo dirigen queden fuera del escrutinio público no lo es.
La evocación del trayecto a Sevilla recuerda una de las grandes aportaciones de la alta velocidad: acortar las distancias hasta permitir que una comida, una visita o un regreso formasen parte de un plan cotidiano. El valor del tren no reside únicamente en la velocidad. También está en la posibilidad de organizar la propia vida contando con él.
Esa utilidad ofrece un criterio exigente para juzgar un servicio público. El ciudadano no tiene por qué dominar las siglas de los sistemas de seguridad ni conocer la estructura de una empresa ferroviaria para viajar tranquilo. Su papel es el de usuario, no el de supervisor técnico. Pero esa división de tareas obliga a quienes gestionan el servicio a explicar sus decisiones de forma comprensible.
Conviene, por eso, separar dos cuestiones que la nostalgia puede confundir. No saber quién presidía Renfe podía acompañar a una experiencia satisfactoria de viaje, pero el anonimato del gestor no era la garantía del buen funcionamiento. Del mismo modo, conocer hoy su nombre no demuestra por sí solo un deterioro. Lo decisivo es qué hace, qué explica y de qué responde.
La atención a las disputas personales tampoco debería desplazar ese examen. Cuando el debate se concentra en los protagonistas y sus enfrentamientos, el usuario corre el riesgo de quedar reducido a espectador. La discusión útil debe volver siempre al servicio que recibe y a las obligaciones de quienes lo administran.
Proteger lo que la alta velocidad aportó exige algo más sólido que contraponer un pasado tranquilizador a un presente inquietante. La tranquilidad del viajero y el control ciudadano no son objetivos rivales: una gestión responsable debe permitir viajar sin pensar en ella y, al mismo tiempo, ofrecer respuestas cuando se le piden.
Fuente: abc.es · leer el original
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