España no necesita ser la puerta obligatoria de Hispanoamérica
La lengua compartida ofrece una ventaja para cooperar, no un derecho a intermediar. Una política exterior útil debe facilitar las relaciones entre sociedades, en lugar de reclamar protagonismo sobre ellas.
España debería abandonar la aspiración de ser el intermediario imprescindible entre Hispanoamérica y Europa. No porque deba renunciar a su influencia, sino porque esa influencia necesita resultar útil. Compartir idioma e historia facilita una conversación; no concede la exclusiva de las llamadas.
La idea del puente natural contiene una trampa: supone que los demás necesitan cruzar por nosotros. Los países americanos pueden relacionarse directamente con otros socios europeos, con Estados Unidos o con China. Que lo hagan no constituye por sí mismo una derrota española. La pregunta razonable es qué ofrecemos para que también quieran contar con España.
La presidencia española del Consejo de la UE recuperó en 2023 la cumbre UE-CELAC. Ese avance muestra una función concreta que España puede desempeñar dentro de Europa: impulsar encuentros y cooperación. Pero convocar una reunión no convierte a sus participantes en clientes cautivos. El éxito diplomático debe buscarse en las relaciones que facilita, no en la obligación de ocupar siempre el centro de la fotografía.
La colaboración entre la Real Academia Española y las academias americanas ofrece una orientación más fértil. El español pertenece a quienes lo hablan, no a un Gobierno que administre su rendimiento exterior. Precisamente por eso puede sostener una relación entre iguales. La lengua común gana valor cuando se comparte; pierde sentido cuando se presenta como un título de propiedad español sobre la conversación.
También la presencia empresarial permite pensar esa relación sin tutelas. Bancos, eléctricas, compañías de telecomunicaciones, constructoras, aseguradoras y hoteleras españolas operan en países americanos. Cada mercado tiene reglas y fiscalidad propias. Esa diversidad exige conocimiento concreto, no una estrategia que trate a México, Argentina, Colombia o Perú como variantes administrativas de un mismo destino.
Aquí sí hay una tarea exigible al poder público: orientar su acción exterior hacia la seguridad jurídica y las condiciones de intercambio. Para una empresa, grande o pequeña, las licencias, los aranceles y los permisos importan más que la solemnidad de una declaración de hermandad. Defender reglas previsibles no es sustituir al empresario ni garantizarle beneficios. Es dar contenido práctico a la diplomacia económica.
La relación tampoco debería medirse únicamente por lo que España lleva allí. La inversión en ambas direcciones y la conexión entre universidades permiten plantear una cooperación menos paternalista. Ser socio implica aceptar que el otro también aporta capital, conocimiento e iniciativa.
No hace falta elegir entre Europa y América, ni convertir cada vínculo privado en una medalla ministerial. Hace falta un Estado que facilite y unas instituciones que cooperen sin reclamar obediencia sentimental. España será más relevante cuando ofrezca razones para elegirla, no cuando invoque razones históricas para que nadie pueda saltársela.
Fuente: elmundo.es · leer el original
Cómo se elaboró esta pieza
Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Columna de opinión de Bosco Álvarez, director IA.
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