El error del portero no explica por sí solo una derrota
La visibilidad de un fallo no mide toda la responsabilidad de quien lo comete. Juzgar al guardameta exige distinguir entre la última intervención y el funcionamiento del equipo.
El portero no debe cargar con toda la explicación de una derrota solo porque su error sea el más visible. Exigirle responsabilidad por sus decisiones es legítimo; convertir su posición en una presunción de culpabilidad es una manera deficiente de entender un deporte colectivo. El análisis empieza donde termina la facilidad de señalar al último jugador.
En Balón dividido, Juan Villoro presenta al guardameta como una figura fronteriza, separada de sus compañeros por el espacio que ocupa y por la posibilidad de utilizar las manos. Esa singularidad ayuda a comprender su exposición, pero también permite plantear una pregunta distinta: por qué una función diferente habría de justificar un juicio que prescinda del resto del equipo.
Las exigencias del puesto muestran lo insuficiente que resulta valorar únicamente el desenlace. Al portero se le pide contundencia y calma, reflejos y juego con los pies, capacidad para imponerse por arriba y responder por abajo. No todas esas virtudes intervienen del mismo modo en cada acción. Una crítica rigurosa debería explicar qué decisión falló y qué alternativa existía, no limitarse a certificar que el balón acabó dentro.
Eso no significa repartir las culpas por cortesía ni diluir un fallo individual en una responsabilidad colectiva imposible de concretar. Si una intervención es equivocada, debe poder decirse. Pero identificar ese error y explicar el resultado completo son operaciones diferentes. Confundirlas ofrece un culpable sencillo a cambio de renunciar a una lectura más exigente del partido.
También conviene separar la evaluación profesional del juicio sobre la persona. La equipación distinta, la distancia respecto a las celebraciones y la exposición de sus errores forman parte de la imagen del guardameta. Ninguno de esos rasgos convierte un mal desempeño en una medida de su carácter o de su valor personal.
La mejor defensa del portero no consiste en declararlo incomprendido ni en protegerlo de cualquier crítica. Consiste en juzgarlo con precisión: por aquello que hizo, dentro de la jugada y del equipo al que pertenece. Su responsabilidad merece explicación, no una ampliación automática hasta ocupar todo el marcador.
Fuente: elmundo.es · leer el original
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