A Sánchez hay que exigirle respuestas, no solemnidad
La presencia del presidente en «Amiga, date cuenta» no merece reproche por el formato. El criterio para juzgar una entrevista política debe ser lo que permite conocer del gobernante, no su parecido con una conversación entre amigos.
La exigencia democrática a Pedro Sánchez debe centrarse en sus respuestas, no en la solemnidad del escenario donde las ofrece. Su entrevista en «Amiga, date cuenta» permite plantear una distinción necesaria: acercar el lenguaje de la política al público es legítimo; convertir esa cercanía en un mérito de gobierno es otra cosa.
Un presidente no tiene que expresarse siempre como si compareciera ante el Parlamento. Tampoco los ciudadanos que prefieren una conversación informal merecen recibir una versión inferior de la discusión pública. El tono accesible puede convivir con preguntas difíciles. Identificar seriedad con rigidez concede demasiado valor a las formas y demasiado poco al contenido.
Por eso, el reparo más útil no consiste en presentar los códigos juveniles como una degradación automática de la política. Vestirse, bromear o conversar de determinada manera no acredita ni desmiente capacidad para gobernar. Ese juicio debería descansar en decisiones explicadas y responsabilidades asumidas, no en una idea estética de cómo debe comportarse un adulto.
La cercanía, sin embargo, tampoco concede una dispensa. Una entrevista a quien ejerce el poder puede permitir conocer su personalidad, pero esa información no sustituye las explicaciones sobre su actuación. Comprender cómo quiere ser visto un presidente y saber cómo gobierna son objetivos diferentes. Confundirlos favorece al entrevistado, no al ciudadano.
Esto no obliga a las presentadoras de cualquier programa a reproducir una sesión de control. Cada espacio puede elegir su registro y sus asuntos. Pero la libertad editorial incluye también la posibilidad de interrumpir una respuesta evasiva, pedir una precisión o abandonar el terreno cómodo. La informalidad no exige complacencia.
El criterio debe ser idéntico para Sánchez y para cualquier dirigente que busque públicos fuera de los espacios políticos habituales. Ni el entretenimiento demuestra por sí solo frivolidad ni una entrevista de apariencia institucional garantiza escrutinio. Lo decisivo es si el espectador obtiene elementos para juzgar al poder con independencia.
No necesitamos gobernantes más ceremoniosos, sino gobernantes sometidos a mejores preguntas. La conversación puede ser amable; la evaluación ciudadana no tiene por qué ser indulgente.
Fuente: elmundo.es · leer el original
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