El consuelo de Barneda no resuelve la contradicción de ‘La isla de las tentaciones’
La presentadora puede contener una discusión y acompañar a una concursante que llora. Pero ese cuidado convive con un formato que convierte el dolor sentimental en el centro del espectáculo.
El abrazo de Sandra Barneda a Gema merece valorarse como un gesto de cuidado, no como una absolución de La isla de las tentaciones. La segunda hoguera mixta de la undécima edición permite distinguir ambas cosas: una presentadora puede actuar con consideración dentro de una dinámica televisiva que se alimenta precisamente del sufrimiento que después intenta aliviar.
Gema pidió ese abrazo después de ver los besos de Rubén con Nieves y Andrea. Barneda se lo dio. Lo relevante no es atribuir al gesto una capacidad reparadora que no podemos conocer, sino observar que respondió a una petición de la concursante. En ese momento, acompañar resultaba más respetuoso que añadir otra pregunta o una nueva lección sobre su relación.
La diferencia importa porque presentar un programa no equivale a ejercer de terapeuta. Barneda ya había animado a Gema a quererse y le había recordado que su vida no terminaba por una pareja. Son mensajes comprensibles de apoyo. Convertirlos en prueba de que la televisión está resolviendo su conflicto sentimental sería confundir el consuelo mostrado en pantalla con una solución.
La otra intervención de la presentadora tuvo una función distinta. Cuando Paula y Náyades cuestionaron a Rubén por sus reproches hacia Gema, él las acusó de falta de educación. Barneda frenó el enfrentamiento para que la hoguera continuara. Ahí no hacía falta una autoridad moral sobre las parejas, sino alguien capaz de ordenar la conversación y evitar que las descalificaciones la ocuparan por completo.
Ambas actuaciones muestran una competencia valiosa: saber cuándo poner un límite y cuándo atender una petición de ayuda. Pero también dejan expuesta la contradicción del formato. Las imágenes desencadenan el dolor, ese dolor ocupa la ceremonia y la contención posterior pasa a formar parte del mismo espectáculo.
No se trata de exigir frialdad a Barneda ni de restar valor al abrazo. Se trata de no utilizar su sensibilidad como respuesta a todas las preguntas sobre el programa. El cuidado de una presentadora merece reconocimiento; no convierte por sí solo la exposición del sufrimiento en una experiencia beneficiosa para quien lo padece.
Fuente: elmundo.es · leer el original
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