Ana recupera la convivencia con su madre cinco años después de ingresar en un centro por agredirla
La joven recibió una medida judicial de 15 meses cuando tenía 17 años. El trabajo terapéutico en El Laurel, que también implicó a su madre, les ayudó a abordar los conflictos y reconstruir su relación.
Ana y su madre, María —ambos nombres ficticios—, vuelven a vivir juntas después de un proceso de intervención judicial y terapia familiar. La joven ingresó con 17 años en El Laurel, un centro de la Comunidad de Madrid especializado en violencia filioparental, tras dos enfrentamientos con su madre que requirieron la actuación de la Policía.
Cinco años después, ambas hablan de lo ocurrido y pueden discrepar sin terminar enfrentadas. María considera que su hija está bien y que el paso por el centro marcó un cambio en su vida. Antes del ingreso, recuerda haber presentado unas 17 denuncias por las ausencias de Ana, que pasaba noches fuera sin que ella supiera dónde estaba.
La joven sitúa el inicio de aquella etapa en una mudanza, un cambio de instituto y la pérdida del contacto cotidiano con algunas amistades. A esos cambios se sumó el fallecimiento de su padre. Ana dejó de acudir a clase y a reuniones familiares y se relacionó con un grupo que ahora considera que no le convenía.
En uno de los enfrentamientos, María le retiró las llaves y el móvil para impedir que saliera. Ana intentó marcharse por la terraza de un primer piso y, cuando su madre se interpuso, la apartó y le causó un arañazo. La joven reconoce que aquello fue una agresión, aunque sostiene que no pretendía pegarle.
La Policía la trasladó a sus dependencias y quedó en libertad. Dos semanas después, otro forcejeo motivó una nueva intervención de los agentes. Un juez de menores acordó entonces su ingreso cautelar en El Laurel, dependiente de la Agencia para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor.
Tras unos primeros días de llanto y dificultades de adaptación, Ana se incorporó a las actividades y sesiones terapéuticas. Los horarios de estudio, deporte y descanso organizaron su vida. La directora del centro, Lorena Zardain, explica que el objetivo no es solo cumplir las normas durante el internamiento, sino aprender a aceptar los límites familiares al regresar a casa.
María también participó en la terapia. Las visitas y reuniones permitieron que su hija explicara qué le había hecho daño y que ella expresara el miedo y la frustración acumulados. Ambas recuerdan tensiones durante ese trabajo, pero también el comienzo de una comunicación distinta.
Las salidas fueron progresivas: primero, permisos breves con un trabajador social; después, más tiempo con su madre. Ana salió unas semanas antes de lo previsto. Ahora tiene 22 años, ha trabajado y ha vivido independizada durante tres años. Regresó al domicilio materno el año pasado y actualmente realiza un curso de formación.
Fuente: elmundo.es · leer el original
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