Simon Leys: una utopía se juzga por la libertad de quienes la viven
La lectura conjunta de Los trajes nuevos del presidente Mao y Sombras chinescas permite cambiar la pregunta sobre la Revolución Cultural: no qué prometía, sino qué margen dejaba a una persona para pensar, enseñar o discrepar.
Una utopía política debe juzgarse por la libertad que conserva quien no quiere participar en ella. Esa es una lectura fértil de los dos libros de Simon Leys sobre la China maoísta: desplazar la atención desde las promesas del poder hacia las condiciones de vida de quienes debían obedecerlo. La grandeza declarada de un proyecto no puede compensar la imposibilidad de rechazarlo.
Leys, seudónimo del sinólogo belga Pierre Ryckmans, publicó Los trajes nuevos del presidente Mao en 1971, cuando Mao aún vivía. Su interpretación de la Revolución Cultural situaba en primer plano la lucha por el poder y la persecución política, frente al entusiasmo que el maoísmo despertaba en círculos intelectuales franceses. El desacuerdo no afectaba únicamente a los fines de aquella revolución, sino a la naturaleza de lo que estaba sucediendo.
El mecanismo descrito por Leys resulta decisivo para valorar esas promesas. La movilización de estudiantes contra profesores, padres y cuadros del partido no constituía por sí misma una transferencia de libertad a los jóvenes. Según su relato, cuando los Guardias Rojos dejaron de ser útiles al poder, también fueron enviados a reeducarse. Participar en la imposición de una doctrina no garantizaba quedar a salvo de ella.
Sombras chinescas, publicado en 1974, trasladó esa cuestión a la experiencia cotidiana. En su relato de viaje, Leys describió la repetición de consignas, el miedo a expresar pensamientos heterodoxos y la humillación de antiguos profesores. Esos detalles permiten examinar algo que las grandes explicaciones históricas pueden relegar: cuánto espacio queda para una vida propia cuando la adhesión política se convierte en obligación.
Ambos libros pueden leerse, así, como dos escalas de un mismo examen. El primero aborda el funcionamiento del poder; el segundo muestra cómo ese poder invade conversaciones, ocupaciones y relaciones personales. La libertad deja de ser una abstracción cuando su ausencia determina lo que alguien puede decir o enseñar.
La conclusión no exige sustituir una devoción ideológica por otra. Exige mantener una regla de juicio: ninguna promesa de emancipación merece ese nombre si necesita impedir que sus destinatarios la discutan. Leer a Leys desde esa exigencia permite evaluar el proyecto político por la autonomía que deja al individuo, no por el entusiasmo que provoca entre sus admiradores.
Fuente: Libertad Digital · leer el original
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