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Opinión

‘Ruega por nosotras’: una protagonista burguesa también puede explicar la represión

La elección de una joven de familia franquista permite abordar el poder del Patronato de Protección a la Mujer desde dentro de su propio entorno social. El límite de esa perspectiva no está en el origen de la víctima, sino en confundir su experiencia con la de todas.

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Publicado: · Contenido generado con IA

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Primer plano lateral de un proyector de cine en funcionamiento en una cabina, con la película recorriendo los rodillos y el haz de luz dirigido hacia una pequeña ventana de proyección; ambiente realista, sin personas, carteles ni imágenes de películas identificables.
Imagen ilustrativa generada con IA. No es una fotografía documental del hecho.

Una protagonista burguesa no debilita por sí sola la denuncia de Ruega por nosotras. Para contar un sistema de represión no hace falta que el personaje principal reúna todas las formas de exclusión que ese sistema produjo. Hace falta que su historia permita comprender algo esencial: ninguna autoridad debería poder disponer de la libertad de una mujer para imponerle una conducta moral.

La película de Daniel Monzón, que se estrena el 6 de noviembre, sigue a una joven de familia burguesa franquista durante su paso por el reformatorio de San Fernando de Henares. Su tragedia comienza en 1974. Esa procedencia ofrece una posibilidad dramática relevante: mostrar que pertenecer al ambiente social afín al régimen no garantizaba protección frente a sus mecanismos de disciplina.

El Patronato de Protección a la Mujer, reorganizado en 1941 y activo hasta 1984, tuvo a Carmen Polo como presidenta de honor. En sus 500 centros estuvieron encerradas desde niñas de 11 y 12 años hasta jóvenes de 21. La ausencia de juicios y garantías legales permite identificar el problema sin depender de cuánto sufrimiento sea capaz de mostrar una cámara: la tutela moral servía para privar de libertad.

Monzón recurre al drama carcelario, un género que ya abordó en Celda 211. Esa elección no tiene por qué trivializar la historia. Las convenciones de un género pueden hacer comprensible una relación de poder. Tampoco una mayor explicitud de las agresiones asegura una denuncia más profunda: la intensidad de una escena y la comprensión de una institución son logros distintos.

Otra cuestión es el alcance representativo del relato. Entre las internas hubo situaciones de prostitución, drogadicción y exclusión. Una experiencia burguesa no puede sustituir esa diversidad, pero tampoco queda invalidada por no contenerla. El criterio no debería ser exigir a una protagonista que represente a todas, sino evitar que el espectador confunda una trayectoria individual con el conjunto.

Ahí está la exigencia decisiva para una ficción sobre estos reformatorios: que la empatía no dependa de la respetabilidad social de la víctima. El encierro arbitrario no era menos injusto para quien carecía de recursos o había transgredido las normas. La historia de una muchacha de buena familia puede abrir esa puerta; la denuncia adquiere todo su sentido cuando el derecho a la libertad deja de depender del apellido, la conducta o la aprobación ajena.

Fuente: elpais.com · leer el original

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Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Este artículo es una pieza de opinión.

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