Los Princesa de Asturias deben celebrar el mérito sin uniformar sus lecciones
El valor educativo de unos premios está en mostrar aportaciones distintas, no en convertirlas en una misma enseñanza moral. La convivencia también exige reconocer la excelencia de quienes no piensan ni crean como nosotros.
Los premios Princesa de Asturias resultan más valiosos como reconocimiento de aportaciones singulares que como demostración de una virtud común. La empatía puede ayudarnos a comprender a los demás, pero no basta para explicar una investigación científica, una obra literaria o un logro deportivo. Celebrar esa diversidad exige resistirse a reducirla a una sola lección.
Ana I. Fernández propone la empatía como hilo conductor de los galardonados y como fundamento de la convivencia. Es una lectura legítima, especialmente ante una ceremonia con vocación educativa. Sin embargo, cabe extraer otra enseñanza: una sociedad abierta necesita personas capaces de contribuir al conocimiento y a la cultura desde motivaciones, métodos y sensibilidades diferentes.
El método de secuenciación de genomas desarrollado por David Klenerman, Shankar Balasubramanian y Pascal Mayer, reconocidos en Investigación Científica y Técnica, permite entender mejor nuestra biología. Su utilidad no depende de que el público comparta una interpretación moral de sus autores. Conviene distinguir el valor del resultado de las cualidades personales que podamos admirar en quienes lo hicieron posible.
Algo semejante sucede con la creación artística. Fernández destaca la dimensión humana de Patti Smith y la capacidad de Studio Ghibli para representar el crecimiento personal y la relación con la naturaleza. Esas lecturas enriquecen la recepción de sus obras, pero no deberían agotarla. La libertad del espectador incluye encontrar otros sentidos, formular objeciones o no sentirse conmovido.
Ahí reside una oportunidad educativa más exigente que la invitación a compartir una emoción: aprender a argumentar por qué algo merece reconocimiento. Admirar no obliga a adherirse, del mismo modo que discrepar no impide reconocer el talento. La convivencia pierde consistencia cuando se confunde con la unanimidad sentimental.
Esto no resta importancia a la cooperación. La Bóveda Global de Semillas de Svalbard, distinguida en Cooperación Internacional, ofrece un ejemplo concreto: protege la seguridad alimentaria y el patrimonio agrícola mundial. Su aportación permite hablar de colaboración a partir de una tarea identificable, no solo de una disposición afectiva.
La ceremonia del teatro Campoamor puede acercar esas contribuciones al público sin convertir a los premiados en portavoces de un mensaje único. Entre los reconocimientos figuran disciplinas tan distintas como la secuenciación genética de Klenerman, Balasubramanian y Mayer y la literatura de Julian Barnes, premiado en Letras.
Fuente: abc.es · leer el original
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