Los investigadores del sillón del diablo no encuentran el expediente inquisitorial de Proaza
Javier Sánchez-Verdejo y Victoria Arenas han rastreado archivos para separar la historia del mueble conservado en Valladolid de la leyenda sobre sus poderes. El investigador advierte de que la búsqueda del supuesto proceso sigue abierta.
La investigación de Javier Sánchez-Verdejo Pérez y Victoria Arenas sobre el sillón del diablo no ha localizado hasta ahora un expediente de la Inquisición contra Andrés de Proaza, el estudiante de medicina al que la tradición atribuye la posesión del mueble. Sánchez-Verdejo explicó el 5 de noviembre en el programa Kilómetro Cero que han consultado documentación en la Universidad y el Ayuntamiento de Valladolid, el museo y el Archivo Histórico Nacional.
El profesor universitario y doctor en Filología Inglesa insistió en el carácter provisional de ese resultado: no haber encontrado el expediente no significa que no exista ni que pueda descartarse un hallazgo posterior. La leyenda atribuye al Santo Oficio la condena de Proaza, pero ese proceso es precisamente uno de los extremos que los investigadores no han podido documentar.
El objeto que sostiene el relato sí se conserva. Es un sillón frailero del siglo XVI que puede verse en el Museo Provincial de Valladolid, en el Palacio de Fabio Nelli. Su existencia física fue uno de los motivos que llevaron a los dos investigadores a estudiar el caso, sobre el que inicialmente encontraron sobre todo reseñas periodísticas.
Según la tradición, Proaza recibió el sillón de un nigromante navarro al que había ayudado a escapar de la Inquisición. El mueble le proporcionaría conocimientos médicos ocultos y causaría la muerte, en un plazo de tres días, a quien lo utilizara sin la formación necesaria o intentara destruirlo.
Sánchez-Verdejo afirmó que su equipo ha documentado el fallecimiento de dos bedeles en el siglo XIX. Sobre Luis Candelario, relató que desapareció al día siguiente de sentarse en el sillón y que los investigadores localizaron constancia de su muerte en el sur de Francia. No presentó esos hallazgos como una prueba de una causa física vinculada al asiento: señaló que no han documentado un envenenamiento y describió una coincidencia de muertes alrededor del objeto.
Según explicó el investigador, tras las muertes de los bedeles las autoridades decidieron suspender el sillón boca abajo en una iglesia y sujetarlo con agarraderas para impedir su uso. Sánchez-Verdejo atribuye a esa medida su conservación: permaneció apartado del uso cotidiano y no acabó quemado como combustible.
Fuente: Libertad Digital · leer el original
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