Las mafias retienen a trabajadores en Laos y los obligan a estafar a víctimas en España
Las redes captan a ciudadanos asiáticos y africanos con falsas ofertas de empleo, les retiran el pasaporte y los fuerzan a cometer fraudes bajo amenazas y palizas. La inteligencia artificial y los traductores les permiten construir identidades falsas para engañar a personas a miles de kilómetros.
En la Zona Económica Especial del Triángulo Dorado, en la provincia laosiana de Bokeo, edificios con alambradas y ventanas enrejadas albergan centros de estafas digitales. Los testimonios de supervivientes obtenidos en un reportaje de El Mundo describen un sistema de cautiverio en el que los trabajadores deben conseguir transferencias de sus víctimas para evitar castigos.
Una de esas víctimas en España es Carmen, de 63 años. Según fuentes de la Unidad Central de Ciberdelincuencia de la Policía Nacional, entregó 38.000 euros a quien creía un ingeniero argentino que trabajaba en una plataforma petrolífera en Chile. Habían entrado en contacto en un grupo animalista de Facebook y, durante tres meses, él cultivó una relación sentimental a distancia.
La petición de dinero llegó con un supuesto accidente laboral. Carmen envió primero 6.000 euros para una operación urgente y después otros 32.000 para tratamientos y un traslado hospitalario. Cuando comenzó a sospechar, el perfil desapareció. Quien escribía era un ciudadano etíope retenido en Laos, captado mediante una falsa propuesta de negocio de exportación y obligado a estafar bajo la supervisión de sus captores.
El mecanismo se repite en el relato de un superviviente ugandés identificado como Paul. Le ofrecieron un empleo comercial, pero al llegar a Laos le quitaron el pasaporte y lo trasladaron al Triángulo Dorado. Fue rescatado junto a una veintena de personas a principios de 2026, durante una redada de la policía laosiana.
Paul explica que en su planta se practicaban estafas románticas y suplantaciones de identidad con ayuda de inteligencia artificial y traductores. Según su testimonio, aproximadamente la mitad de sus compañeros había llegado engañada y permanecía encerrada. Otros habían aceptado trabajar como estafadores sin conocer las condiciones de explotación ni que tampoco podrían marcharse.
Un informe reciente de la Oficina de Derechos Humanos de la ONU recoge estimaciones que sitúan en 300.000 las personas de 66 países que han participado en estas operaciones en el Sudeste Asiático. Los testimonios de supervivientes describen palizas, descargas eléctricas y castigos por incumplir los objetivos económicos.
Patricia Hernández Hidalgo, profesora de Criminología de la Universitat Oberta de Catalunya, explica que las redes también buscan perfiles con formación tecnológica e idiomas mediante promesas de buenos salarios. Los cautivos pueden soportar jornadas de 17 o 19 horas. La inteligencia artificial permite fabricar relatos e imágenes más verosímiles y sostener el engaño en distintas lenguas.
La participación forzada en los delitos dificulta después el reconocimiento de los cautivos como víctimas, advierte Carmen Jordá, investigadora principal de la compañía de ciberseguridad TecSec. A la investigación del fraude se suman así la identificación de posibles víctimas de trata y la atribución de responsabilidades a quienes las controlan.
El dinero tampoco tiene que llegar directamente a Laos. La Unidad Central de Ciberdelincuencia señala que una primera transferencia puede terminar en una cuenta europea controlada por una mula, antes de pasar por intermediarios, empresas pantalla o criptoactivos.
Las redadas están desplazando parte de la actividad, según Matt Friedman, director ejecutivo de The Mekong Club, organización contra la esclavitud moderna. Friedman sitúa nuevos centros en provincias del centro de Laos y en la capital, Vientián, donde las redes buscan emplazamientos más aislados o menos visibles.
Fuente: elmundo.es · leer el original
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