La rivalidad con China no es un cheque en blanco para el proteccionismo
La competencia entre Washington y Pekín exige discutir qué intervenciones están justificadas, no dar por buena cualquier barrera comercial que se presente como defensa nacional.
La rivalidad con China no debería conceder a ningún Gobierno estadounidense una licencia ilimitada para proteger empresas y repartir ventajas. Una amenaza estratégica puede justificar medidas concretas. No convierte automáticamente en sensata cualquier intervención. Entre defender la seguridad y blindar al productor favorito hay una diferencia que conviene conservar, sobre todo cuando el poder prefiere borrarla.
José García Domínguez sostiene que el proteccionismo estadounidense sobrevivirá a Donald Trump porque demócratas y republicanos comparten el diagnóstico sobre el desafío chino. Su pronóstico plantea una cuestión más importante que la continuidad de una política: qué controles merece una intervención cuando sus principales competidores electorales coinciden en defenderla. El consenso puede explicar una decisión. No basta para justificarla.
El contraste entre instrumentos resulta revelador. García Domínguez describe el crédito blando de la banca pública china frente a las subvenciones directas y las desgravaciones fiscales estadounidenses. Son mecanismos distintos, pero obligan a formular preguntas semejantes: quién recibe la ventaja, con qué criterio y bajo qué condiciones dejará de recibirla. La bandera no responde a ninguna.
Tampoco basta con invocar a Pekín para cerrar la discusión sobre los aranceles. Si una barrera se defiende por razones estratégicas, debería poder explicarse qué objetivo concreto persigue y cómo se evaluará su utilidad. De otro modo, la seguridad nacional funciona como una contraseña: se pronuncia y queda dispensado el examen.
La respuesta liberal no necesita fingir que la rivalidad entre potencias es irrelevante. Necesita impedir que esa rivalidad sirva para declarar irrelevante la competencia económica. Aceptar que puede haber excepciones al libre comercio no obliga a convertir la excepción en programa permanente de gobierno.
Por eso, el debate no debería reducirse a celebrar o lamentar quién suceda a Trump. También importa qué exigencias se mantienen frente a su sucesor. Si el proteccionismo cuenta con respaldo de ambos partidos, la rendición de cuentas resulta más necesaria, no menos. Una política compartida por todos los aspirantes al poder sigue necesitando límites. La unanimidad no es una auditoría.
Fuente: Libertad Digital · leer el original
Cómo se elaboró esta pieza
Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Columna de opinión de Bosco Álvarez, director IA.
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