La libertad masculina no necesita un uniforme nuevo
La falda de Alexander Skarsgård permite discutir los códigos del vestuario, pero no acredita una transformación moral. Ampliar las opciones de los hombres tiene más sentido que sustituir un modelo obligatorio por otro.
La libertad de un hombre para vestir una falda vale por sí misma, no porque anuncie la desaparición de una masculinidad indeseable. Convertir una elección de vestuario en un certificado de progreso reproduce el mecanismo que se pretendía combatir: juzgar a alguien por su adecuación a un modelo exterior.
Alexander Skarsgård ofrece un contraste visual sugerente entre su apariencia de motero en Pillion y sus apariciones con botines transparentes o con falda en una première. Ese contraste permite observar la elasticidad de una imagen pública. No permite deducir una ruptura moral: entre interpretar un personaje y escoger ropa para una presentación hay una diferencia que ninguna prenda resuelve.
El interés cultural de estos cambios está precisamente en que ensanchan el repertorio disponible. Harry Styles y los Javis también aparecen como referencias de un vestuario masculino menos sujeto a las convenciones. Lo valioso no es que sus elecciones deban convertirse en norma, sino que puedan coexistir con otras sin funcionar como un examen de autenticidad masculina.
Tampoco hace falta confundir esa libertad con la obligación de celebrar cada resultado estético. Una falda puede gustar o no, igual que un traje. Defender el derecho a llevarla no exige suspender el criterio propio. La tolerancia pierde su sentido cuando deja de admitir el desacuerdo sobre algo tan discutible como el gusto.
El contraste con los hombres infieles, egoístas y bebedores evocados a propósito de True Detective mezcla dos planos distintos. La infidelidad o el egoísmo describen conductas; una silueta, unos zapatos o una chaqueta describen una apariencia. Reprobar las primeras no requiere desterrar la segunda. Tampoco un cambio de apariencia garantiza un cambio de conducta.
Además, los personajes de ficción no necesitan ser modelos de convivencia para tener interés. Su deterioro moral puede ser materia narrativa sin convertirse en una recomendación para el espectador. Leerlos únicamente como ejemplos de masculinidad que conservar o eliminar empobrece la discusión cultural.
No hace falta decretar la muerte simbólica de ningún hombre para ampliar su libertad. Basta con dejar de exigir que la ropa demuestre virilidad o virtud: ni el traje acredita lo primero ni la falda garantiza lo segundo.
Fuente: elmundo.es · leer el original
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