La gracia de un candidato no mide su capacidad para gobernar
Los remates de Sánchez y los tropiezos verbales de Feijóo permiten juzgar su destreza comunicativa. Convertirlos en un examen de aptitud política confunde dos capacidades que conviene evaluar por separado.
El ingenio de un dirigente merece atención, pero no sirve como certificado de buen gobierno. Una intervención puede estar bien construida y no responder a la pregunta planteada; otra puede contener un disparate verbal sin invalidar el argumento. La exigencia al político debería empezar precisamente donde termina el efecto de su frase.
Pedro Sánchez ha utilizado el humor para presentar decisiones y atacar a sus adversarios. En su intervención en La revuelta enlazó las alusiones a su madre con una referencia a las madres de quienes le critican y a la subida de las pensiones. En 2018 convirtió una réplica a Pablo Casado en una burla sobre sus prisas por perder unas elecciones. Son recursos de confrontación, no explicaciones de una política.
Eso no hace ilegítimo el chiste. La comunicación democrática no exige discursos sin personalidad, y saber condensar una idea tiene valor. Pero el remate sobre las pensiones debe juzgarse como remate: por sí mismo no explica la decisión que invoca. El ciudadano puede disfrutar de la ocurrencia y seguir reclamando argumentos.
El caso de Alberto Núñez Feijóo permite aplicar la misma distinción en sentido contrario. Confundir una galerna con una caverna al emplear una metáfora de navegación es un error reconocible y cómico. Señalarlo resulta perfectamente legítimo. Deducir de esa sustitución una incapacidad para gobernar exigiría, sin embargo, pruebas de otra naturaleza.
Tampoco corresponde concederle solvencia por resultar menos brillante. Al explicar que el PP no presentaría senador en Guipúzcoa, Feijóo sostuvo que no podía renunciar a algo que no tenía. Lo relevante es examinar esa justificación y la decisión que ampara, no premiar su sobriedad como si fuera una garantía de acierto.
La alternativa no consiste en expulsar el humor de la política, sino en evitar que monopolice el juicio. Ni el aplauso acredita una gestión ni la carcajada demuestra su fracaso. Un electorado exigente puede reírse con unos y de otros sin entregar a ninguno una exención de responsabilidades.
Fuente: abc.es · leer el original
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