La ciudad de Miquel Navarro se entiende mejor desde el suelo
Las torres atraen la mirada, pero son las pequeñas piezas, las agrupaciones y los cuerpos caídos los que permiten comprender la dimensión humana de sus paisajes escultóricos.
La mejor manera de entrar en las ciudades de Miquel Navarro es dejar de mirar primero sus torres. La verticalidad organiza el paisaje y hace visible el poder, pero el suelo contiene una experiencia más compleja: repetición, convivencia, expansión y caída. Ahí reside una de las claves de su escultura: el monumento no basta para explicar la ciudad.
Ese desplazamiento de la mirada permite recorrer su trabajo sin reducirlo a una colección de siluetas reconocibles. Desde las cerámicas de comienzos de los setenta hasta los edificios metálicos y pequeños bloques de Ciudad, realizada entre 1984 y 1985 y presentada en la Galería Vijande, Navarro construyó conjuntos en los que cada elemento depende de los demás. Importa la pieza, pero también el espacio que deja alrededor.
La diferencia resulta decisiva. Una torre aislada puede imponer una lectura inmediata; una agrupación obliga a comparar alturas, distancias y densidades. En Torre Avenida con fábrica, de 1975-1976, y en sus posteriores paisajes urbanos, la arquitectura ofrece un vocabulario. Sin embargo, ese vocabulario no agota lo que sucede entre las formas: el orden geométrico convive con una disposición abierta al juego.
Navarro explicó en su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en 2009, que entendía la ciudad como un cuerpo, con conductos, fluidos, movimientos y colapsos. La comparación permite leer sus instalaciones más allá de la maqueta. No son únicamente edificios reducidos de escala: sus relaciones sugieren funcionamiento, protección y también vulnerabilidad.
Los elementos caídos llevan esa vulnerabilidad al primer plano. Al hablar de Multitud con Liam Kelly, el artista identificó esas formas con los muertos y relacionó el conjunto con la aceptación de la comunidad y de la muerte. Lo horizontal deja entonces de ser un simple recurso compositivo: introduce aquello que la elevación monumental no puede representar por sí sola.
Antonio Saura observó que estas ciudades no necesitaban habitantes para existir. Esa ausencia no las vacía de experiencia humana. Al contrario, permite que la relación entre las piezas sostenga el sentido sin recurrir a una escena figurativa. Mirar a Navarro desde el suelo significa reconocer que una ciudad no se comprende solo por lo que sobresale, sino también por lo que permanece junto a otras cosas, se agrupa o cae.
Fuente: abc.es · leer el original
Cómo se elaboró esta pieza
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