Julian Barnes rechaza que la novedad en el arte suponga una mejora sobre el pasado
El escritor reivindica la vigencia de Cervantes, Shakespeare y Velázquez para cuestionar una historia de las artes entendida como una sucesión de avances. Frente a esa jerarquía, propone imaginar a los creadores de distintas épocas conversando alrededor de una misma mesa.
Julian Barnes ha explicado en su discurso que ha abandonado una convicción de juventud: la idea de que cada evolución artística mejora necesariamente lo anterior. Su intervención recorre lecturas y descubrimientos que le hicieron sustituir esa confianza en el progreso por una visión de las artes como diálogo entre siglos.
Cuando comenzaba a conocer la literatura, la pintura y la música, Barnes daba por supuesto que compartían el avance que atribuía a la ciencia, la tecnología, la sociedad y la política. La enseñanza cronológica de los movimientos artísticos reforzaba esa impresión: lo más reciente parecía ocupar también un peldaño superior.
Una primera contradicción apareció cuando, hacia los veinte años, leyó los juicios de Voltaire sobre Shakespeare. Según recordó, el pensador francés reconocía su genio, pero le reprochaba falta de gusto y desconocimiento de las normas dramáticas. Por entonces, Barnes también encontró en el ensayo Shakespeare Our Contemporary, del crítico polaco Jan Kott, una interpretación que destacaba la capacidad del dramaturgo para comprender y anticipar el mundo moderno.
El escritor recurrió también a la admiración de Renoir por Velázquez. Según relató, el pintor francés acortó una visita a España al sentir, ante la obra del español, que las posibilidades del arte ya habían sido exploradas.
Barnes situó su propia experiencia equivalente en la lectura del Quijote. Recordó que la primera parte apareció en 1605 y la segunda en 1615, precedida esta última por una continuación apócrifa. En la novela, caballero y escudero encuentran a lectores que los conocen tanto por la obra original como por aquella versión ajena.
Esos encuentros, en los que incluso se cuestiona la identidad del protagonista, le sirven para señalar que procedimientos asociados al posmodernismo, como la autorreferencia y la metaficción, estaban presentes en Cervantes.
Para representar esa convivencia, Barnes imaginó una mesa en una venta manchega donde Renoir interroga a Velázquez y Voltaire revisa su desprecio por Shakespeare. En ella sentó también a Flaubert junto al autor inglés que, un siglo después de su muerte, escribió El loro de Flaubert.
Fuente: abc.es · leer el original
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