Fernández Cubas obliga al lector a desconfiar de su propia ventaja
Descubrir las grietas de una narradora no convierte a quien lee en dueño de la verdad. En esa distancia entre advertir un engaño y comprender una vida reside una de las posibilidades más fértiles de sus cuentos.
La fuerza de los relatos de Cristina Fernández Cubas está en conceder al lector una ventaja que no debería confundir con superioridad. Podemos advertir que una protagonista se cuenta una vida distinta de la que perciben los demás; eso no significa que hayamos comprendido cuanto le ocurre. Sus cuentos permiten defender una exigencia literaria: desconfiar de una voz no equivale a dejar de escucharla.
Pilar Adón señala que las niñas, mujeres y ancianas de estas historias habitan sus fantasías con una convicción que desdibuja la frontera entre experiencia e invención. También destaca las pequeñas pistas que permiten reconocer la discrepancia. Ese mecanismo plantea algo más interesante que un acertijo. Si la lectura consistiera únicamente en detectar dónde falla el testimonio, el personaje quedaría reducido a un problema que resolver.
Pero la serenidad de las protagonistas ante lo perturbador complica esa posición. El lector puede estremecerse más que ellas cuando se cruzan las distintas versiones de lo sucedido. Saber o sospechar algo antes no proporciona necesariamente protección: puede aumentar el desasosiego. La distancia respecto al personaje deja entonces de ser un refugio y se convierte en parte de la experiencia del miedo.
Los espacios familiares contribuyen a ese efecto. Una habitación de la infancia o una casa aislada ofrecen referencias reconocibles, pero no garantizan que sepamos interpretar lo que sucede dentro. Lo cotidiano no funciona solo como decorado del horror: compromete nuestros hábitos de lectura. Entramos confiados porque reconocemos el entorno y descubrimos que reconocer no basta para entender.
La ausencia de moraleja, que Adón subraya, resulta decisiva. Una enseñanza final permitiría ordenar retrospectivamente la inquietud y establecer quién estaba equivocado. Sin esa comodidad, importa distinguir entre una interpretación sostenida por indicios y una sentencia sobre el personaje. La ambigüedad exige atención, no autoriza cualquier lectura.
Ahí merece situarse el valor de estos cuentos: no solo en hacernos dudar de quien narra, sino en poner límites a nuestra satisfacción por haber descubierto sus grietas. La mejor posición del lector no es la del juez que cierra el caso, sino la de quien comprende por qué todavía debe mirar.
Fuente: abc.es · leer el original
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