El valor del arte no depende de que sobreviva a la política
Álvaro Morte defiende la cultura como memoria de lo humano. Pero su capacidad para ayudarnos a comprender la realidad es un argumento más sólido que cualquier pronóstico sobre quién será recordado dentro de dos siglos.
La cultura no necesita ganar una competición contra la política para justificar su valor. Álvaro Morte, reconocido por su trayectoria en el South International Series Festival, sostiene que dentro de dos siglos importarán las obras de los Javis, Almodóvar o Chillida y no las declaraciones de los dirigentes actuales. Es una defensa apasionada del arte, pero también una comparación que debilita innecesariamente su argumento.
La propia experiencia del actor ofrece una objeción. Morte ha interpretado a Adolfo Suárez en 'Anatomía de un instante' y, al hablar de ese trabajo, reflexiona sobre la capacidad de entendimiento entre adversarios. En ese caso, la creación artística no desplaza a la política: vuelve sobre ella para explorar decisiones, conflictos y comportamientos humanos que merecen ser examinados.
Tampoco hace falta anticipar qué lugar ocupará 'La bola negra' de los Javis en la memoria futura. Afirmar su permanencia no demuestra su valor presente. La defensa de una obra resulta más convincente cuando explica qué permite ver, sentir o pensar que cuando le reserva de antemano un puesto en los libros del porvenir.
Morte ofrece una razón más fértil cuando habla de escuchar una pieza musical para reconocer una emoción o de acercarse a los fusilamientos retratados por Goya. Ahí la cultura no aparece como un monumento destinado a vencer al tiempo, sino como una experiencia concreta: permite relacionarse con un dolor, una época o una vivencia ajena.
También es significativa su resistencia a asumir una responsabilidad solemne como intérprete. El actor explica su trabajo desde la necesidad de expresarse y desde la capacidad adquirida para hacerlo. Esa libertad creadora merece ser defendida sin exigir a cada película, escultura o representación que una a la sociedad o produzca una enseñanza determinada.
Entre la expresión del artista y la experiencia del público queda un espacio que no puede resolverse con una misión obligatoria. El propio Morte distingue entre quienes necesitan crear y quienes disfrutan de las creaciones de otros. Ambas posiciones permiten una relación con el arte que no depende de promesas de trascendencia.
La mejor defensa de la cultura está, por tanto, en lo que hace posible, no en aquello que supuestamente borrará. Puede ayudarnos a comprender incluso la política que el actor considera pasajera. No necesita sustituirla en la memoria para merecer nuestra atención.
Fuente: abc.es · leer el original
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