El regreso de Machado debe medirse por las libertades, no por los símbolos
La vuelta de la dirigente opositora sitúa de nuevo los derechos de los venezolanos en el centro del debate. El desafío es no confundir el liderazgo necesario con una garantía suficiente.
El regreso de María Corina Machado a Venezuela merece valorarse por su contribución a recuperar las libertades, no como una absolución anticipada de sus decisiones. Su reaparición en el santuario de la Divina Pastora tiene relevancia política, pero ninguna figura, por representativa que sea, puede sustituir las garantías que necesitan los ciudadanos frente al poder.
Tras 27 años de dictadura y con casi ocho millones de venezolanos que han abandonado el país, la cuestión fundamental no es quién encarna mejor una virtud personal. Es cómo hacer posible que los derechos dejen de depender de la voluntad de quien gobierna. La dimensión del éxodo obliga a situar a los ciudadanos por delante de la celebración de cualquier liderazgo.
Machado vuelve como dirigente opositora. Esa condición permite entender la esperanza que puede suscitar su presencia, pero también aconseja distinguir entre respaldo y adhesión incondicional. Apoyar una alternativa a la dictadura no exige renunciar a examinar sus decisiones; al contrario, esa capacidad de crítica forma parte de la libertad que se reclama.
El gesto de regalar a Donald Trump la medalla del Nobel ilustra esa distinción. No basta para descalificar a Machado, pero tampoco debe quedar a salvo del escrutinio por su trayectoria opositora. La discusión útil no consiste en atribuir intenciones que no pueden acreditarse, sino en exigir que los gestos personales no desplacen los objetivos políticos.
Una relación con un dirigente extranjero no debería convertirse en el criterio para conceder o retirar legitimidad a la oposición venezolana. El criterio liberal es otro: la defensa de los derechos individuales y la aceptación de límites al poder, también cuando esos límites incomodan a los aliados.
Por eso, el retorno de Machado puede ser una oportunidad sin convertirse en un cheque en blanco. La esperanza será políticamente fértil si mantiene esa exigencia: no cambiar la dependencia de unos gobernantes por la confianza ilimitada en otros, sino recuperar la capacidad de elegirlos, criticarlos y sustituirlos.
Fuente: elmundo.es · leer el original
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