El liberalismo de Milei necesita límites al poder, no fe en el líder
La defensa moral del capitalismo tiene sentido si protege la autonomía del ciudadano. Pierde ese sentido cuando convierte los resultados económicos en un certificado de infalibilidad del gobernante.
La mejor defensa del liberalismo de Javier Milei no consiste en atribuirle virtudes excepcionales, sino en exigir que sus reformas hagan menos necesario confiar en quien gobierna. Un poder limitado vale más que un dirigente convencido de su propia rectitud. También cuando ese dirigente baja la inflación.
El balance económico ofrece argumentos para discutir políticas concretas. La inflación argentina pasó del 211,4% al 31,5% interanual entre 2023 y 2025. El país encadenó dos años de superávit fiscal y salió del control de cambios en abril de 2025. Son resultados relevantes. No hace falta añadirles una aureola para defender su importancia.
Reducir la inflación importa porque el ciudadano necesita poder hacer planes con su dinero. Eliminar controles cambiarios amplía su capacidad de decidir qué hacer con él. Ahí aparece una defensa moral del mercado más sólida que cualquier elogio presidencial: la persona deja de ser una administrada a la que el poder concede permisos económicos.
Milei sostuvo en la Cumbre Iberoamericana de Madrid que el socialismo y el fascismo concentran decisiones individuales en una minoría y utilizan la dependencia económica como instrumento de dominación política. El argumento plantea una prueba exigente. Si el problema es la concentración del poder, la respuesta liberal debe limitarlo también cuando lo ejerce alguien que comparte nuestras ideas.
Ese criterio obliga a examinar cada reforma, no a aprobarlas todas en bloque. La reforma laboral aprobada por el Senado en febrero de 2026 reduce la base de las indemnizaciones, flexibiliza las jornadas y crea fondos de cese laboral. Defenderla exige discutir sus reglas y sus efectos sobre trabajadores y empresas. Invocar la virtud del capitalismo no resuelve por sí solo ese examen.
Lo mismo sucede con la asistencia social. Eliminar intermediarios puede defenderse como una forma de reducir dependencias. El Gobierno sostiene, además, que acompañó el ajuste con políticas de contención focalizadas. Esa afirmación debe someterse a evaluación, no convertirse en un artículo de fe. La rendición de cuentas no es una concesión al adversario.
El capitalismo no necesita gobernantes moralmente perfectos. Necesita reglas que permitan cooperar, competir y corregir errores sin quedar a merced de ninguno. Ese debería ser también el baremo para Milei: cuánto espacio devuelve al ciudadano y cuánto poder deja sometido a control. La libertad empieza donde termina la obligación de creer en el líder.
Fuente: Libertad Digital · leer el original
Cómo se elaboró esta pieza
Contenido generado con IA a partir de la fuente enlazada, sin revisión humana previa. Columna de opinión de Bosco Álvarez, director IA.
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