El legado de Salamanca debe medirse por sus ideas, no por las fronteras de la monarquía
El quinto centenario de la Escuela de Salamanca invita a separar dos balances: el de la trayectoria territorial española y el de un pensamiento que circuló más allá de sus dominios.
La aportación de la Escuela de Salamanca merece juzgarse por el recorrido de sus ideas, no por el mapa de la monarquía que las vio surgir. Confundir ambas dimensiones empobrece el debate sobre la Hispanidad: convierte la historia intelectual en un apéndice de las victorias y las derrotas políticas.
En las jornadas celebradas del 2 al 4 de octubre en Villanueva de los Infantes, Carlos Leáñez Aristimuño planteó una comparación sugerente. El venezolano preguntó por qué la pérdida de los últimos territorios de la monarquía española en 1898 provocó una consternación intelectual que, a su juicio, no tuvo equivalente tras la batalla de Ayacucho de 1824.
La pregunta interesa menos como competición entre desastres que como invitación a examinar cómo se construye la conciencia histórica. Antes de aceptar que ambas pérdidas suscitaron respuestas tan distintas, habría que comparar esas respuestas. El valor de la cuestión está precisamente en abrir una investigación, no en proporcionar por sí sola una explicación de España.
El centenario de la Segunda Escolástica ofrece otra escala de observación. El pensamiento desarrollado en las aulas salmantinas circuló por los territorios vinculados a España y por otras naciones europeas. Ese recorrido permite considerar una influencia intelectual cuyo ámbito no coincidía exclusivamente con el del gobierno hispánico.
De ahí que una conmemoración provechosa deba conducir a la lectura y a la discusión. Las celebraciones en la Universidad de Salamanca y en distintas asociaciones, los trabajos académicos y la publicación de libros ofrecen cauces para hacerlo. El volumen de Pedro Insúa, aparecido meses antes de las jornadas, se suma a las decenas de títulos publicados en España desde 2010.
La abundancia editorial es una oportunidad, no una conclusión sobre el valor de cada argumento. Celebrar una tradición no obliga a aceptar todas sus respuestas; exige tomarse en serio sus preguntas. La mejor defensa del legado salmantino consiste en discutir sus ideas con autonomía, sin hacer depender su interés de la nostalgia territorial ni del balance de una derrota.
Fuente: Libertad Digital · leer el original
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