El desacuerdo político no es una enfermedad de la democracia
Defender la libertad exige distinguir entre la discrepancia que permite controlar al poder y la descalificación que pretende expulsar al adversario del debate.
La democracia no debe combatir el desacuerdo, sino impedir que se convierta en una excusa para negar derechos al contrario. Confundir ambas cosas conduce a una paradoja: reclamar concordia puede acabar sirviendo para exigir silencio. Una sociedad libre necesita límites al poder, no unanimidad de sentimientos.
María Dolores Muñoz Fernández recurre al parentesco mitológico entre Eris, representación de la discordia, y Ares, dios de la guerra, para denunciar la confrontación política. La imagen tiene fuerza literaria, pero trasladarla a la vida pública requiere una distinción esencial. Discutir sobre el Gobierno, sus decisiones o sus contradicciones no es el preludio de una guerra: es una forma de someterlo a control.
La autora acusa a quienes ocupan el poder de fomentar la fractura social y de emplear etiquetas descalificadoras contra los disidentes. El problema que plantea merece una respuesta liberal: ninguna autoridad debería convertir la adhesión a su discurso en requisito de respetabilidad. La legitimidad para gobernar no concede autoridad para decidir qué opiniones merecen participar en la conversación pública.
Ese criterio también obliga a quienes critican al Gobierno. Muñoz Fernández extiende su reproche a la capacidad profesional y a la condición moral de los gobernantes. Sin embargo, descalificar globalmente a las personas desplaza la discusión desde lo que hacen hacia lo que supuestamente son. La exigencia de responsabilidades resulta más sólida cuando permite identificar una conducta, contrastarla y reclamar su corrección.
También conviene separar la verdad de la concordia. La fábula de la Verdad y su imitación incompleta, que ocupa parte de la columna, recuerda la importancia de distinguir la apariencia de la realidad. Pero una afirmación verdadera puede provocar un conflicto, mientras una falsedad puede concitar adhesiones. El acuerdo no certifica la verdad, como la controversia tampoco la invalida.
Por eso, la alternativa a la polarización no debería ser una sociedad sin disputas. Debe ser una discusión en la que nadie quede dispensado de responder por sus afirmaciones y nadie pierda su libertad por disentir. La concordia democrática consiste en compartir esas reglas, no en compartir una opinión.
Fuente: abc.es · leer el original
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