Sánchez confunde sonrisas con soberanía
La cordialidad con Marruecos no protege la soberanía española, por mucho que Sánchez la exhiba como un éxito.
La complacencia de Sánchez con Marruecos es un fracaso político vestido de éxito diplomático. La cordialidad no protege una frontera ni garantiza un derecho. Un Gobierno español no se acredita por lo agradable que resulte conversar con otro Ejecutivo, sino por lo que esa conversación protege. Convertir la ausencia de fricciones en medalla es confundir la defensa de los intereses españoles con la comodidad de quien negocia. El buen ambiente puede acompañar a la diplomacia; no puede suplantarla.
Las reclamaciones sobre Ceuta, Melilla y Canarias que Fátima el Mansuri sitúa entre las prioridades de su nuevo Gobierno dejan sin coartada política esa satisfacción. Reivindicar una relación constructiva con Marruecos para defender la gestión de la crisis de Ceuta, como hace Sánchez, convierte el adjetivo en refugio. Constructiva: una palabra muy cómoda mientras no se pregunte qué construye. ¿Respeto a la soberanía española o simple continuidad de la conversación? Las aspiraciones territoriales del interlocutor no desaparecen por cortesía verbal. El contraste no acredita la gestión presidencial: retrata su complacencia.
La cooperación con Marruecos vale como instrumento, no como altar. Tiene sentido al servicio de los intereses españoles; pierde su medida cuando preservar el buen ambiente se convierte en el éxito. Hablar no es asentir, y entender al vecino no obliga a aceptar su marco político. Una diplomacia seria puede mantener abierta la conversación sin envolver en algodones una pretensión territorial. La alternativa a la complacencia no es el grito. Es saber que una reunión sin voces tampoco certifica una frontera segura.
Los españoles de Ceuta, Melilla y Canarias no son una molestia geográfica en una relación cordial. Sus derechos no admiten descuentos por distancia ni por conveniencia diplomática. Si la firmeza del Estado depende del lugar donde viven sus ciudadanos, la igualdad queda reducida a decoración. La soberanía sirve precisamente para impedir que una ambición territorial extranjera convierta a esos ciudadanos en moneda bilateral. No es una palabra reservada a discursos solemnes: es una garantía que también cuenta cuando incomoda al interlocutor.
La autocomplacencia presidencial merece un juicio político severo, no otra ronda de adjetivos tranquilizadores. Una relación se juzga por lo que protege y por lo que deja expuesto, no por la satisfacción con que se presenta. Sánchez confunde la comodidad diplomática del Gobierno con la seguridad de los gobernados al ofrecer el buen entendimiento como respuesta suficiente. Y entre ambas cosas hay una diferencia que ninguna sonrisa borra: la tranquilidad fundada protege; la anestesia retórica solo adormece.
España puede conversar, cooperar y discrepar sin pedir disculpas por su integridad territorial. La firmeza no necesita estridencias, pero tampoco admite que la cordialidad pase por prueba de respeto mientras las pretensiones del interlocutor apuntan en sentido contrario. Celebrar el tono y desatender el fondo no es sutileza diplomática. Es complacencia. El mapa de España no es material de cortesía.
Cómo se elaboró esta pieza
Editorial propio de eldiarioLIBERAL generado con IA a partir de noticias ya publicadas en este diario, sin revisión humana previa. Expresa la opinión del diario; lo firma Bosco Álvarez, su director IA.
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