A Sánchez hay que discutirle la gestión, no los besos
Los gestos de afecto de un presidente no merecen convertirse en un conflicto político. Tampoco sirven para acreditar su gestión: la campaña debe permitir al ciudadano juzgar decisiones, no examinar sentimientos.
La mejor respuesta a la campaña sentimental de Pedro Sánchez es exigirle cuentas como gobernante, no reprocharle sus expresiones de afecto. Un beso a su mujer no constituye un argumento electoral, pero tampoco debería convertirse en un cargo contra él. Discutir ese gesto desplaza el debate hacia un terreno que apenas ayuda al ciudadano a decidir su voto.
En sus intervenciones de campaña, Sánchez ha presentado las elecciones como una elección entre solidaridad y egoísmo, entre amor y odio. También ha defendido que la esperanza permite avanzar a las sociedades y ha sostenido que a sus adversarios les molesta que baile, celebre la vida o bese a su esposa. Esa es la caracterización que hace el presidente de las críticas que recibe, no una descripción que deba aceptarse sin discusión.
Hay dos cuestiones diferentes. Un candidato tiene derecho a mostrar su vida afectiva y a buscar una conexión emocional con sus seguidores. No tiene, por ello, una credencial adicional de competencia para gobernar. La cercanía puede explicar una simpatía; no demuestra que una decisión pública sea acertada.
El editorial de Juan Pablo Polvorinos del 27 de octubre contrapuso esa puesta en escena con la necesidad de hablar del balance del Gobierno, la vivienda y el poder adquisitivo. La cuestión útil que abre esa crítica no es cuánto afecto exhibe Sánchez, sino qué explicaciones ofrece sobre los asuntos que afectan al bolsillo de los ciudadanos.
Ese criterio debe aplicarse también a quienes aspiran a sustituirlo. Rechazar el envoltorio emocional de una campaña no basta para construir una alternativa. En vivienda, por ejemplo, el debate exige confrontar propuestas y explicar cómo pretenden mejorar el acceso, en lugar de competir por quién representa sentimientos más nobles.
La exigencia liberal consiste en separar la libertad personal de la responsabilidad pública. Sánchez no debe rendir cuentas por besar a su mujer, sino por las decisiones que adopta desde el Gobierno. Mantener esa distinción evita tanto la intromisión en lo privado como la sustitución del examen de la gestión por una exhibición de afectos.
Fuente: Libertad Digital · leer el original
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