Un suplemento cultural debe ofrecer razones, no certificados de buen gusto
La autoridad de la crítica no debería descansar en el prestigio de quien recomienda, sino en argumentos que el lector pueda discutir. Esa exigencia vale tanto para una novedad como para un clásico recuperado.
Un suplemento cultural resulta útil cuando permite discutir sus recomendaciones, no cuando exige confiar en el gusto de sus colaboradores. Seleccionar libros es parte de su trabajo; explicar por qué merecen atención es lo que convierte esa selección en crítica. Sin ese segundo paso, orientar al lector puede confundirse con entregarle una lista de preferencias autorizadas.
Andrés Trapiello defiende los suplementos como compañía para las lecturas y como instrumentos de autonomía intelectual. También destaca el valor de conocer las opiniones de personas con juicio y gustos cultivados. Entre ambas aspiraciones hay una tensión fértil: la solvencia del crítico puede justificar que lo escuchemos, pero no debería bastar para que aceptemos su veredicto.
La emoción muestra bien ese límite. Trapiello la sitúa en el centro de la experiencia literaria, como una conmoción capaz de transformarnos. Sin embargo, que un libro conmueva a quien lo reseña no explica todavía qué encontrará otro lector en él. La crítica debe intentar recorrer esa distancia: vincular la impresión personal con la escritura, la construcción de la obra o las preguntas que plantea. No se trata de eliminar la subjetividad, sino de hacerla comprensible.
Lo mismo ocurre con la recuperación de libros antiguos, otra de las tareas que reivindica el escritor. Rescatar una obra del olvido no demuestra por sí solo su mérito, del mismo modo que la fecha reciente de una publicación tampoco acredita su interés. Si la antigüedad no vuelve bueno un libro malo, el entusiasmo del rescate necesita argumentos tan exigentes como los empleados para juzgar una novedad.
Un suplemento puede, por tanto, defender elecciones arriesgadas sin convertirse en un catálogo neutral. Tener criterio no obliga a disimular las preferencias; obliga a mostrar cómo se sostienen. El lector debería poder entender una recomendación incluso cuando decide rechazarla.
La independencia cultural no consiste en leer sin ayuda, sino en no confundir la ayuda con una orden. El mejor servicio de la crítica será ofrecer razones suficientemente claras para que alguien pueda utilizarlas, contrastarlas y, llegado el caso, discrepar de quien se las dio.
Fuente: abc.es · leer el original
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